Apagones de más de 12 horas, sin comida, largas colas para todo, sin transporte ni agua en los hogares: La dura realidad de la Cuba de hoy

Redacción

La vida en Cuba se ha convertido en una especie de carrera de obstáculos sin descanso. Lo que antes era una jornada normal ahora gira en torno a una pregunta diaria: ¿cómo consigo comida, agua y luz? Muchos cubanos sienten que están “ahogados” entre precios que se disparan, apagones interminables y servicios que cada día funcionan peor.

Apagar y encender la luz ya no es solo una frase hecha en Cuba: es parte de la nueva realidad. En muchas zonas los apagones duran más de 12 horas, y en otras regiones pueden extenderse incluso por días. Bajar al portal para ver si llegó la corriente se ha vuelto rutina, y cuando no llega, toca improvisar con linternas, velas o paneles solares cuando se tienen.

Pero el problema no se queda en la electricidad. El transporte está casi paralizado por la falta de combustible, lo que no solo encarece los precios, sino que deja a personas y mercancías sin poder moverse con normalidad. Taxis privados que aún circulan cobran en dólares porque el combustible en pesos simplemente no aparece.

En barrios de La Habana y otras provincias, las colas para comprar pan, comida o gasolina son como parte de la decoración urbana: largas, frustrantes, y a menudo sin éxito. “Tienes que pagar el precio o quedarte en casa”, dice un joven habanero, resumendo el dilema de millones que luchan por llegar a fin de mes.

Y no creas que esto es una exageración: negocios que antes abrían temprano ahora cierran antes que se vaya la luz, servicios públicos operan casi a medias y hasta llenar una olla de agua caliente puede convertirse en todo un plan estratégico. En muchos hogares, la energía apenas dura un par de horas al día, lo que obliga a organizar la vida de forma casi militar: cargar el teléfono, refrigerar alimentos y hacer café deben entrar en esa “ventana luminosa” del día.

Sin electricidad no hay bombeo constante de agua, el internet falla, las neveras se vacían y hasta la seguridad se complica. En zonas como Guanabacoa o Marianao, vecinos cuentan que los semáforos apagados han provocado accidentes y que la oscuridad aumenta la inseguridad.

Peor aún, muchas familias sienten que ya ni siquiera es posible planificar más allá de lo inmediato. Un residente cubano confesó que, incluso cargando un taxi eléctrico cuatro horas diarias, la vida se siente como un salto interminable entre apagón y apagón.

En medio de esta tormenta diaria, hay quienes dicen con desesperanza: “Estamos ahogados. Pero no hay nada que podamos hacer”. Esa frase resume el ánimo de muchos que ven cómo todo se derrumba a su alrededor, mientras las soluciones parecen cada vez más lejanas.

El gobierno habla de “emergencia internacional” y culpa al embargo de Estados Unidos, pero para la mayoría de la población esa explicación ya suena a eco vacío. Entre cortes de luz, largas colas y la constante búsqueda de lo más básico, lo único que mucha gente repite cada noche es: “Solo queremos sobrevivir”.

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