En medio de la peor crisis energética y social que ha vivido Cuba en décadas, Gerardo Hernández Nordelo —exespía del régimen y actual coordinador nacional de los Comités de Defensa de la Revolución— arremetió con violencia verbal contra los cubanos que piden una intervención de Estados Unidos, a quienes llamó “cobardes” y “vende patrias”.
Las declaraciones fueron transmitidas por el noticiero del oficialista Canal Caribe y tuvieron lugar durante un mitin político en Punta Brava, La Lisa, organizado por los CDR para respaldar la respuesta del régimen ante la nueva ofensiva de Washington contra el suministro de petróleo a la Isla.
“Hay que ser vende patria para pedir a un imperio que bombardee a su propio pueblo”, afirmó Hernández, en un discurso cargado de agresividad y desprecio. Según el dirigente, quienes reclaman una acción externa contra el poder “no han tenido el valor de hacer nada” y han pasado décadas esperando que “los americanos les hagan el trabajo sucio para después venir detrás y apoderarse del país”.
El tono beligerante del jefe de los CDR reaparece justo cuando el presidente Donald Trump endureció su política de máxima presión contra La Habana, firmando una orden ejecutiva que declara una “emergencia nacional” y amenaza con sanciones y aranceles a los países que sigan enviando petróleo a Cuba.
La medida apunta directamente a uno de los últimos sostenes del régimen: un sistema energético colapsado, marcado por apagones de más de 20 horas diarias, transporte prácticamente paralizado y una economía que ya no logra ocultar su derrumbe.
Aun así, Hernández insistió en la narrativa de resistencia. Aseguró que el país está preparado para enfrentar cualquier escenario y lanzó una advertencia directa: “Si no es eso lo que quiere hacer, que sepa que aquí los cubanos estamos preparados para defender esta revolución que tanto sacrificio costó”.
La retórica choca frontalmente con la realidad cotidiana de millones de cubanos. Mientras desde las tribunas oficiales se habla de soberanía y heroísmo, la población sobrevive entre apagones, escasez de alimentos, falta de medicamentos y una migración masiva que vacía barrios enteros.
El mensaje del régimen vuelve a ser el mismo de siempre: insultar, intimidar y descalificar a quienes, desde la desesperación, reclaman un cambio. Pero en la Cuba de hoy, donde el sacrificio ya no se traduce en futuro, las consignas suenan cada vez más huecas y la furia oficial revela, más que fortaleza, miedo.










