Régimen reconoce públicamente que La Habana está en estado crítico: Transporte, vivienda, agua y salud pública han colapsado

Redacción

En un gesto poco habitual —y más revelador de lo que pretendían— el propio Partido Comunista de Cuba terminó admitiendo lo que millones de habaneros viven a diario: La Habana está en estado crítico. No lo dijo un opositor ni un medio independiente, lo reconoció el aparato oficial tras un Pleno Extraordinario del Comité Provincial del Partido.

El informe, divulgado por la Presidencia de la República, confirma el deterioro profundo de los servicios básicos, la vivienda y la infraestructura urbana de la capital. Lo que intentaron presentar como un ejercicio de “transparencia revolucionaria” terminó siendo una radiografía del colapso.

Las cifras son demoledoras. El transporte público apenas alcanza el 42 % de lo planificado, la construcción de viviendas cayó al 41 %, y la producción física general se redujo prácticamente a la mitad. Es decir, La Habana funciona a medio pulmón… cuando funciona.

Pero el dato más incómodo para el relato oficial es otro. La mortalidad infantil, uno de los indicadores que el régimen ha manipulado durante décadas para vender supuestos “logros sociales”, llegó a 14 por cada mil nacidos vivos, la cifra más alta del país. Un golpe directo al mito fundacional del sistema.

El texto, firmado por el periodista oficialista René Tamayo León, buscaba justificar el desastre apelando al manido “cerco imperial”. Sin embargo, terminó dejando al descubierto algo imposible de maquillar: el abandono total de la ciudad.

El propio documento reconoce que no hubo avances en la recogida de escombros, la poda ni el reciclaje, pese a campañas, amenazas y llamados “revolucionarios”. El abasto de agua, por su parte, estuvo afectado entre un 3 y un 20 % durante el año, cifras que en la práctica significan barrios enteros pasando días —y semanas— sin una gota.

El resultado es visible para cualquiera que camine La Habana. Calles convertidas en vertederos, edificios al borde del derrumbe, transporte inexistente y familias sobreviviendo sin agua ni servicios básicos, mientras la televisión estatal habla de reuniones, balances y planes que nunca llegan a la vida real.

La capital, durante décadas vendida como escaparate del proyecto revolucionario, es hoy la imagen más clara de su fracaso. Las ruinas, los derrumbes constantes y la basura acumulada contrastan brutalmente con una propaganda que sigue hablando de “victorias”.

Aun así, el informe se permite un acto final de cinismo: asegura que la provincia fue “superavitaria” y que “sobrecumplió ventas netas y utilidades empresariales”. Economistas consultados por CiberCuba no dudan en calificar esas cifras como ficción contable, diseñada para esconder el empobrecimiento masivo y la parálisis productiva.

Como de costumbre, el régimen vuelve a culpar a las sanciones de Estados Unidos, mientras evita mencionar la corrupción estructural, el desvío de recursos y el control militar de la economía, verdaderos responsables del desastre.

Basura, apagones y oscuridad: la Habana real

El reconocimiento oficial coincide con lo que ya es imposible ignorar. En las últimas semanas, la falta de combustible ha terminado de hundir a la capital. Montañas de basura se acumulan en calles enteras porque los camiones recolectores están paralizados.

Vecinos del Cerro, Centro Habana y Diez de Octubre denuncian plagas, malos olores y riesgos sanitarios, mientras las autoridades repiten el mismo libreto: déficit energético, problemas logísticos y, por supuesto, el bloqueo.

La oscuridad completa el cuadro. Apagones de hasta 18 horas diarias castigan a varios municipios, mientras el déficit eléctrico nacional supera los 2,000 megavatios, según datos oficiales de la Unión Eléctrica.

En El Vedado, la imagen es casi obscena. La calle G, símbolo histórico de la ciudad, queda a oscuras noche tras noche, mientras la Torre López-Calleja, propiedad del conglomerado militar GAESA, permanece iluminada como un monumento al privilegio.

El turismo también paga el precio. Choferes de autos clásicos denuncian falta de gasolina, caída de ingresos y visitantes que se marchan con una imagen clara: una ciudad sucia, apagada y sin servicios.

Incluso voces antes cuidadosas, como el humorista Ulises Toirac, han empezado a decirlo sin rodeos. Los apagones y la escasez “se fueron de control” y el país vive una situación insostenible para la gente común.

La conclusión es inevitable. La Habana no solo colapsa en cifras, sino en la vida diaria de sus habitantes. Y mientras el régimen insiste en consignas de resistencia y soberanía, la realidad grita otra cosa: Cuba se apaga, se ensucia y se derrumba a plena vista del mundo.

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