La Habana salió este martes a enfriar expectativas y negó que esté en marcha una mesa de negociación con Estados Unidos, aunque terminó admitiendo lo que ya era un secreto a voces: sí existen intercambios de mensajes entre ambos gobiernos desde la captura del exmandatario venezolano Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, un terremoto político que sacudió a todo el eje autoritario de la región.
En declaraciones a la agencia EFE, el viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, se apresuró a poner el freno de mano y aseguró que sería un error hablar de una negociación bilateral en curso. Según el diplomático, ese proceso simplemente no ha comenzado, pese a las señales que llegan desde Washington.
El funcionario intentó matizar afirmando que Estados Unidos conoce bien la posición de Cuba respecto a un eventual diálogo y que, en teoría, La Habana no lo ha rechazado. Pero en la práctica, el régimen vuelve a jugar a la ambigüedad: dice que está dispuesto a hablar, siempre y cuando no se toque nada que ponga en riesgo su control del poder.
Las palabras de Fernández de Cossío chocan de frente con lo dicho recientemente por el presidente Donald Trump, quien aseguró que su administración mantiene contactos de alto nivel con dirigentes cubanos. Esa contradicción deja al descubierto la incomodidad del régimen, atrapado entre la presión externa y el temor a que cualquier gesto sea leído como una señal de debilidad.
El vicecanciller también negó que existan canales indirectos a través de terceros países o instituciones como México o el Vaticano. Y aprovechó para dejar claras, una vez más, las líneas rojas del castrismo: no habrá conversaciones sobre reformas políticas, cambios económicos ni, mucho menos, sobre la liberación de presos políticos, un tema central en el proceso de transición que hoy se discute en Venezuela.
Para justificar esa negativa, Fernández de Cossío recurrió a una comparación ya gastada, asegurando que Cuba tiene las mismas limitaciones que tendría Washington para debatir su Constitución o las redadas migratorias en ciudades estadounidenses. Una analogía forzada que busca equiparar un sistema democrático con un régimen de partido único.
Donde sí bajó un poco la guardia fue al reconocer el momento crítico que atraviesa el país. El diplomático adelantó que el régimen se prepara para aplicar un plan de contingencia ante la gravedad de la situación económica y energética, y admitió que el margen de maniobra es mínimo.
Según sus propias palabras, se avecina un proceso de reorganización duro, lleno de sacrificios y con un impacto directo sobre la población. Traducido al lenguaje de la calle, más ajustes, más escasez y más carga sobre los mismos de siempre, mientras la cúpula se blinda.
Estas declaraciones llegan en medio de un bloqueo energético casi total y de nuevas sanciones impulsadas por Washington, que ha llegado a calificar al régimen cubano como una amenaza inusual y extraordinaria para su seguridad nacional. Un lenguaje que no se utilizaba a la ligera y que marca un cambio claro en el tono de la Casa Blanca.
En los últimos días, Fernández de Cossío ha sido el vocero más activo de esta estrategia de contención. En otra entrevista, esta vez con The Associated Press, dejó claro que no existe ni existirá un diálogo con Estados Unidos que incluya reformas al sistema político o económico, considerados intocables por la élite gobernante.
El mensaje es consistente: La Habana solo está dispuesta a conversar sobre asuntos técnicos como migración, seguridad o narcotráfico, siempre que no se cuestione el modelo que mantiene al Partido Comunista como dueño absoluto del país. Cualquier intento de ir más allá es visto como una intromisión inaceptable.
Al cerrar filas en torno a su Constitución y a los artículos que garantizan la irrevocabilidad del socialismo y el monopolio político del Partido, el régimen deja claro que el diálogo es solo una herramienta para ganar tiempo, no una vía real de cambio.
Esa postura choca de frente con la estrategia de Washington bajo la llamada Doctrina Donroe, promovida por Trump y el secretario de Estado Marco Rubio, que apuesta abiertamente por la transición democrática de los regímenes autoritarios del hemisferio.
Para Estados Unidos, la negativa de La Habana a discutir su modelo político no es una simple diferencia diplomática, sino una confirmación de que el régimen no está dispuesto a reformarse, incluso cuando el colapso económico y el aislamiento internacional lo empujan contra la pared.










