A pocas millas del oriente cubano, las aguas del Caribe comenzaron a agitarse esta semana con la llegada de tres buques de guerra estadounidenses rumbo a la Bahía de Puerto Príncipe, un movimiento que no pasa inadvertido en una región acostumbrada a leer entre líneas cada maniobra militar.
El despliegue está liderado por el destructor lanzamisiles USS Stockdale, acompañado por dos embarcaciones de la Guardia Costera de Estados Unidos, en lo que Washington presenta como un nuevo capítulo de su ofensiva regional contra el narcotráfico. En la práctica, se trata de una demostración de fuerza en un Caribe cada vez más inestable, justo cuando varios regímenes autoritarios sienten el calor subiendo.
La propia embajada estadounidense en Haití confirmó la operación a través de un comunicado difundido en redes sociales, donde explicó que, por orden directa del secretario de Defensa, los buques USS Stockdale, USCGC Stone y USCGC Diligence arribaron a la bahía capitalina como parte de la misión “Southern Spear”.
Desde el Comando Sur se insiste en que la operación busca reforzar la seguridad regional y respaldar la estabilidad haitiana, un discurso habitual que suele esconder intereses estratégicos mucho más amplios. Según Washington, la presencia naval pretende enviar un mensaje claro de respaldo institucional y compromiso con el futuro del país caribeño, hoy sumido en el caos.
En palabras oficiales, la misión representa una señal de apoyo para garantizar un entorno más seguro y funcional en Haití, aunque en el tablero geopolítico del Caribe cada destructor habla más fuerte que cualquier comunicado diplomático.
La operación “Southern Spear”, anunciada a finales de 2025, forma parte de una estrategia más ambiciosa contra las rutas marítimas del narcotráfico que conectan Sudamérica, el Caribe y Estados Unidos. Para la Casa Blanca, estos corredores están controlados por organizaciones catalogadas como estructuras de narcoterrorismo, con capacidad real de desestabilizar gobiernos y regiones enteras.
El momento no pudo ser más delicado. Haití se encuentra al borde de un vacío institucional peligroso, con la fecha del 7 de febrero marcada en rojo en el calendario político. Ese día expira el mandato del Consejo Presidencial de Transición, y hasta ahora no existe un plan claro de elecciones ni una hoja de ruta creíble para la sucesión del poder.
La incertidumbre política se mezcla con una violencia crónica que ya no distingue barrios ni horarios. Bandas armadas controlan amplias zonas del país, imponen su ley a sangre y fuego y mantienen a la población atrapada entre secuestros, asesinatos y una inseguridad permanente que el Estado no ha sido capaz de contener.
A este panorama se suman nuevas sanciones de visado anunciadas por Estados Unidos, dirigidas contra altos funcionarios haitianos, incluidos miembros del propio consejo de transición, señalados por presuntos vínculos con las pandillas que dominan el territorio. Washington aprieta por un lado mientras muestra músculo por el otro.
Aunque oficialmente la misión no apunta a Cuba, la cercanía geográfica lo cambia todo. Los buques estadounidenses se encuentran a menos de 400 kilómetros de Santiago de Cuba y a apenas un suspiro marítimo del extremo oriental de la isla, una distancia que en términos militares es prácticamente simbólica.
El régimen cubano, fiel a su costumbre, no ha dicho ni una palabra. Pero en La Habana cada radar está encendido y cada movimiento se analiza con lupa, sobre todo cuando se trata de un destructor lanzamisiles con capacidad ofensiva real, no de una simple patrullera.
Este tipo de despliegues revive viejos fantasmas en la cúpula del poder cubano y reaviva el temor a una mayor militarización del entorno inmediato de la isla, justo en un momento en que el régimen atraviesa una de sus etapas de mayor debilidad económica, social y política.
Mientras Washington mueve fichas en el Caribe y presiona a gobiernos colapsados o autoritarios, La Habana vuelve a quedar atrapada entre el silencio incómodo y el miedo a que el tablero regional empiece a jugarse sin su permiso. Y cuando eso pasa, la historia demuestra que el régimen siempre termina reaccionando tarde… y mal.










