Si Cuba no recibe un buque de petróleo antes de marzo la situación energética y de transporte se volverá catastrófica

Redacción

La crisis del petróleo en Cuba ya no es una advertencia a largo plazo, es una cuenta regresiva. Según el experto Jorge Piñón, director del Programa de Energía para Latinoamérica y el Caribe de la Universidad de Texas, las reservas actuales apenas alcanzan para dos o tres semanas, una situación que pone al país al borde de un colapso energético total.

Piñón fue claro y directo. Si en marzo no arriba un nuevo tanquero, el escenario será catastrófico. El último cargamento importante llegó desde México el 9 de diciembre. Venezuela también envió uno en ese mes, junto a un pequeño cargamento ruso. Desde entonces, silencio absoluto. En los últimos 30 días Cuba no ha recibido ni un solo tanquero de petróleo, algo inédito incluso para los estándares de precariedad del sistema.

Para el académico, el margen de maniobra del régimen es mínimo. Rusia sería, en teoría, el único país con capacidad real de enviar crudo sin temer nuevas sanciones, porque ya las tiene todas encima. Sin embargo, ni siquiera Moscú ha movido un barco rumbo a la Isla, lo que deja al descubierto el aislamiento real del castrismo.

El problema no es solo político, es financiero. Piñón subraya que Cuba no tiene divisas. Por eso no aparecen petroleros de Angola, Argelia o Brasil, países aliados y exportadores de crudo. Sin dinero, no hay combustible. Sin combustible, el país se paraliza.

Mauricio de Miranda, economista y profesor de la Universidad Javeriana de Cali, amplía el cuadro y pinta un panorama todavía más oscuro. Cuba enfrenta una caída sostenida de los ingresos por exportaciones de servicios, lo que reduce drásticamente su capacidad de importar. Con un sector productivo prácticamente detenido, el resultado es inevitable: contracción económica, deterioro acelerado del nivel de vida y una escasez generalizada que ya no distingue sectores.

De Miranda lo resume sin rodeos: estamos ante una economía en estado de parálisis. A eso se suma lo que viene, una reducción de los ingresos procedentes de Venezuela, otro golpe directo a una estructura ya resquebrajada.

Para el economista, no se trata de mala suerte ni de coyuntura internacional. Es una crónica de un colapso anunciado, profundizado por la negativa del régimen a transformar el modelo económico, por la obsesión con el control centralizado, las trabas a la iniciativa privada y las distorsiones creadas por políticas monetarias y fiscales fallidas.

Desde el punto de vista energético, Piñón señala que en un escenario postcastrista lo primero sería importar productos refinados, especialmente diésel y gas licuado, los dos combustibles más urgentes para sostener la vida cotidiana. El gran problema es quién los pagará. En ese tablero, Estados Unidos guarda una carta clave: unos 50 millones de barriles de petróleo crudo venezolano bajo su control, un comodín que Washington puede jugar cuando decida.

De Miranda coincide en que sin financiamiento externo no hay salida posible. Cuba, dice, necesita algo parecido a un Plan Marshall, lo que implica reintegrarse a los organismos multilaterales de crédito y recibir apoyo financiero sostenido a largo plazo. Pero eso exige cambios estructurales que el régimen se niega a asumir.

Mientras tanto, la industria cubana se cae a pedazos, las fábricas operan con tecnología obsoleta y el sistema agropecuario es incapaz de garantizar comida para la población. El resultado es un país sin energía, sin producción y sin horizonte, sostenido apenas por discursos y promesas que ya nadie cree.

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