Este jueves, Miguel Díaz-Canel, el presidente cubano, montó el teatrito de siempre ante las cámaras. En una comparecencia televisada tan inusual como calculada, aseguró que la dictadura está lista para hablar con Estados Unidos. Eso sí, puso sus condiciones de siempre, disfrazadas de diplomacia.
El mandamás de la isla, leyendo sin pestañear del guion que le preparan, dijo aceptar un diálogo «civilizado» y de «beneficio mutuo». Pero acto seguido soltó la letra pequeña: sólo si Washington no pone condiciones, no «interfiere» y trata a la cúpula gobernante como si fueran demócratas.
«Sin presiones ni condicionamientos previos», pidió. O lo que es lo mismo: que el mundo le dé carta blanca para seguir haciendo lo que le venga en gana dentro de la isla, sin rendir cuentas por la miseria, la represión o la falta de libertades básicas que su gobierno produce.
«Cuba es un país de paz. No constituye una amenaza para Estados Unidos», declaró con cara de póker. Claro, un régimen que tiene a medio pueblo tratando de escapar por cualquier medio, que vigila, reprime y encarcela a quien piensa diferente, sólo es una «amenaza» para la estabilidad de su propio sistema totalitario.
Lo más cínico fue reconocer, entre líneas, la profunda crisis que ellos mismos han creado: «Vamos a vivir tiempos difíciles. Estos, en particular, son muy difíciles». Pero en lugar de apuntar al modelo fallido o a la ineptitud de décadas, la culpa siempre es del «bloqueo» y la «injerencia».
La puesta en escena fue tan rígida como de costumbre. Periodistas pre-seleccionados hicieron preguntas que parecían sacadas de un manual de propaganda. Nada de cuestionamientos incómodos, nada de desafiar el discurso oficial. Un monólogo perfectamente orquestado para simpar apertura.
En el fondo, este supuesto llamado al diálogo es otra maniobra más para intentar aliviar la presión internacional y la asfixia económica, sin ceder un ápice en el control absoluto sobre los cubanos. Quieren que se les trate con el respeto que nunca le han tenido a su propio pueblo.
La realidad es simple: el régimen sólo ofrece hablar si es para que le levanten sanciones, mientras mantiene intacto su aparato de control. Mientras, el pueblo, el que sufre los «tiempos difíciles», sigue sin voz ni voto en este guion que escriben los de arriba.










