los cubanos tuvieron que tragarse otro maratón televisivo. Miguel Díaz-Canel, con una puesta en escena que imita los peores monólogos de Fidel Castro, confirmó lo que la calle vive hace meses: el país ha caído de lleno en un nuevo Período Especial. Y esta vez, ni siquiera tienen a Venezuela para agarrarse.
En un discurso que fue un viaje en el tiempo hacia la miseria de los 90, el gobernante reconoció lo imposible de ocultar: desde diciembre del año pasado, no entra un barco de petróleo a la isla. La crisis energética es total y, según sus propias palabras, no hay soluciones a la vista.
«La situación no se resuelve de golpe», dijo, como si fuera un fenómeno natural y no el resultado de décadas de desastre. Su gran solución fue anunciar un paquete de medidas inspirado en la llamada «Opción Cero» de Fidel. O sea, la receta de la hambruna, pero actualizada.
El plan, en resumen, es priorizar al Estado, recortar todo lo demás y repartir migajas de combustible. Díaz-Canel admitió, sin vueltas, que esto afectará el transporte, la comida y la luz en los hogares. «Algunas medidas serán restrictivas», declaró, en un eufemismo cruel para lo que se avecina.
La retórica del sacrificio volvió a ser el plato fuerte. «Yo sé que la gente dice: otra vez sacrificio. Pero si no nos sacrificamos… ¿qué vamos a hacer?», preguntó, apelando a la resistencia de un pueblo exhausto como si fuera un mérito del gobierno. Llamó a no rendirse, en un guiño vacío a esos «cubanos que dieron la vida», incluyendo a militares en misiones extranjeras.
Como siempre, el régimen busca un culpable afuera. Señaló el bloqueo naval de EE.UU. a Venezuela y las sanciones de Trump como la causa única. Pero la verdadera razón es un modelo quebrado: termoeléctricas destruidas, cero inversión, corrupción y una dependencia total que ahora les estalla en la cara.
La realidad ya supera al discurso. En el oriente del país, los apagones rayan las 12 horas. El transporte público es un fantasma, las fábricas paran y el campo no tiene diésel para regar. El pueblo no vive entre promesas, sino entre velas y colas.
Con su intervención, Díaz-Canel sólo logró una cosa: confirmar el fracaso total. No ofreció salida, sino más de lo mismo. Austeridad, control y un llamado a aguantar hambre «con moral».
Cuba no avanza; da vueltas en un círculo de miseria diseñado por la dictadura. Mientras, la cúpula se aferra a un manual obsoleto, condenando a otra generación a vivir a oscuras, repitiendo un capítulo triste que ya todos conocemos.










