El trovador Israel Rojas, rostro recurrente del oficialismo cultural y líder del dúo Buena Fe, publicó en Facebook un texto que quiso sonar épico, patriótico y combativo, pero terminó revelando algo más incómodo: un cansancio mal disimulado con la familia que manda en Cuba.
En medio de una avalancha de consignas recicladas y retórica antimperialista, Rojas hizo algo poco habitual entre los fieles del sistema. Mencionó, aunque sin nombres propios, al “venerable anciano” y a su estirpe, para dejar claro que no está dispuesto a derramar sangre por ellos. La frase cayó como una pedrada suave, pero pedrada al fin, dentro del universo “patria o muerte”.
“No lucharé ni daré mi sangre por un presidente, ni por un secretario general, ni por un venerable anciano, ni por su hijo o su nieto”, escribió. La alusión fue tan transparente que nadie necesitó traductor. Raúl Castro y su linaje aparecieron en escena sin ser llamados, como fantasmas incómodos en un discurso que pretendía ser heroico.
El detalle no es menor. Viene de alguien que durante años puso música a los eslóganes del poder, que fue premiado, protegido y elevado como ejemplo de “artista comprometido”. El mismo que recibió honores de manos del alto mando militar, el mismo al que se le vincula con el MININT en Guantánamo, ahora parece marcar una línea: la patria sí, la dinastía no.
Pero no nos engañemos. La ruptura llega cuidadosamente envuelta en celofán. Israel Rojas no rompe con el mito, solo intenta despegarlo de sus administradores. Martí, Fidel, Baraguá, la dignidad humana y los pobres de la tierra se mezclan en un texto que busca trascendencia, pero huele más a desilusión que a rebeldía real.
“Lucharé por Cuba soberana”, insiste el trovador, hablando de hijos, sobrinos y generaciones futuras. La frase suena noble, pero en el contexto actual, con ejercicios militares, amenazas externas y un país colapsado, parece más un acto de autojustificación que una postura política clara.
Rojas no reniega del guion revolucionario, solo se distancia de quienes lo interpretan. Su “Patria o Muerte” queda reducida a estética, a pose, a un recurso lírico que ya no exige lealtad absoluta a los Castro, pero tampoco cuestiona el sistema que los sostuvo durante décadas.
El resultado es una pieza extraña. Un texto que intenta salvar la idea de “revolución” sacrificando a sus sacerdotes, una especie de herejía controlada que no incomoda demasiado, pero tampoco convence.
Dicho sin metáforas: Israel Rojas ya no quiere cantar para el abuelo ni para el nieto, pero sigue creyendo en el escenario, en el micrófono y en la función. Una trova menos obediente, sí, pero todavía muy lejos de decir toda la verdad.










