El régimen de La Habana terminó admitiendo lo que llevaba semanas tratando de disimular: sí hay contactos directos con el gobierno de Estados Unidos y al más alto nivel. La confirmación llegó este miércoles por boca del viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, en declaraciones a CNN, en medio del aumento de la presión de la administración de Donald Trump sobre la isla.
Aunque el funcionario intentó bajar el tono asegurando que “no existe un diálogo bilateral formal”, reconoció que han existido intercambios de mensajes vinculados a los niveles más altos del poder en Cuba. En otras palabras, no hay mesa oficial, pero sí llamadas, mensajes y tanteos discretos. Cuando el agua llega al cuello, el discurso cambia.
Fernández de Cossío afirmó que el régimen estaría dispuesto a un diálogo “significativo” con Washington, pero dejó una línea roja bien clara: el sistema político cubano no se toca. Según él, Cuba no está dispuesta a discutir su modelo constitucional, comparándolo con la supuesta negativa de Estados Unidos a cuestionar el suyo.
La declaración deja claro el verdadero alcance de la apertura que propone La Habana: hablar de todo, menos de lo único que importa. Ni elecciones libres, ni pluralismo político, ni derechos fundamentales. Diálogo sí, pero sin mover una sola piedra del poder.
El reconocimiento de estos contactos ocurre mientras Trump endurece su ofensiva contra el régimen. Washington ha reforzado sanciones, ha amenazado con castigar a los países que exporten petróleo a Cuba y ha elevado el tono al calificar a la isla como una “amenaza extraordinaria”, señalando su cooperación con actores hostiles y su aparato de inteligencia.
Ante esas acusaciones, Fernández de Cossío negó que Cuba represente peligro alguno para Estados Unidos. Aseguró que la isla no es agresiva, no alberga terroristas y no patrocina el terrorismo. Un discurso que contrasta con la estrecha relación del régimen con gobiernos y actores señalados internacionalmente, y con décadas de opacidad en materia de seguridad.
El viceministro también reconoció algo que ya sufre la población a diario: las sanciones han agravado la crisis energética, con apagones interminables, colas eternas en los servicentros y una escasez de combustible que paraliza al país. Como de costumbre, toda la responsabilidad fue colocada sobre Washington, sin una sola mención al colapso interno del modelo económico cubano.
Fernández de Cossío advirtió que el Gobierno podría verse obligado a aplicar nuevas medidas de austeridad para preservar las reservas de combustible, una frase que en Cuba suele traducirse en más apagones, más restricciones y más sacrificios para la gente de a pie.
Como incentivo, el diplomático lanzó una zanahoria clásica: cooperación. Dijo que si Estados Unidos quiere colaboración en la lucha contra el narcotráfico, Cuba “puede ayudar”. Una oferta que suena más a moneda de cambio que a voluntad genuina, justo cuando el régimen necesita desesperadamente aliviar la presión externa.
Estas declaraciones llegan poco después de que el secretario de Estado, Marco Rubio, reiterara que a Estados Unidos “le encantaría ver un cambio de régimen en Cuba”, aunque sin intervención directa. Un mensaje claro que explica por qué La Habana está tocando puertas sin admitirlo del todo.
La confirmación de contactos “al más alto nivel” no es un gesto de fortaleza diplomática, sino una señal de urgencia. El régimen busca oxígeno, tiempo y alivio, pero sin ceder en lo esencial. Quiere negociar sin cambiar, dialogar sin transformarse y sobrevivir sin pagar el costo político que lleva décadas evitando.










