Miguel Díaz-Canel volvió a comparecer ante las cámaras, pero esta vez no fue solo el discurso lo que llamó la atención, sino su propia imagen. Ojeroso, visiblemente más delgado, con gestos tensos y momentos de sudor evidente, el gobernante cubano transmitió algo que ya no se puede ocultar con consignas: el peso del colapso le está cayendo encima.
Durante su intervención, mientras intentaba explicar la crisis energética y la cercanía de Cuba a la temida “opción cero combustible”, su lenguaje corporal hablaba más claro que sus palabras. Se balanceaba constantemente, evitaba sostener la mirada y mostraba una inquietud difícil de disimular, como alguien que sabe que el terreno bajo sus pies se está desmoronando.
Lejos de la imagen de firmeza que el aparato propagandístico intenta vender, Díaz-Canel apareció como un dirigente sometido a un estrés extremo, cargando con una realidad que ya no responde a discursos prefabricados. El agotamiento era evidente, no solo físico, sino político. Cada frase parecía una justificación apresurada, cada pausa delataba nerviosismo.
El contexto no ayuda. Cuba enfrenta apagones prolongados, escasez total de combustible, transporte paralizado y una economía en caída libre. Hablar de “planes”, “resistencia” y “creatividad” frente a ese escenario suena cada vez más hueco, y el propio rostro del presidente lo confirma. La narrativa heroica choca de frente con una realidad que no perdona.
En varios momentos, el sudor y los gestos repetitivos reforzaron la sensación de un dirigente acorralado. No era solo cansancio; era la imagen de alguien consciente de que el margen de maniobra se agotó. La opción cero, que durante años fue un fantasma del pasado, ahora aparece como una posibilidad real que el régimen ya no puede esconder.
Este discurso dejó una impresión clara en muchos cubanos: el poder también está asustado. Y cuando el miedo se cuela en la cúpula, se nota. No en lo que dicen, sino en cómo lo dicen, en cómo se mueven, en cómo miran al vacío mientras intentan convencer a un país exhausto de que “resistir” sigue siendo la única salida.
La escena fue reveladora. Un presidente demacrado hablando de sacrificios, mientras millones ya no tienen qué sacrificar. La imagen de Díaz-Canel, más que sus palabras, terminó siendo el retrato más honesto del fracaso del modelo que defiende.










