En medio del deterioro acelerado del país y del discurso oficial que insiste en culpar a factores externos, Estados Unidos volvió a asomarse con lupa frente a la costa norte de Cuba. En días recientes, un avión espía y un dron de vigilancia realizaron vuelos de inteligencia sobre aguas internacionales, un movimiento que analistas leen como una operación aérea bien engranada de monitoreo estratégico en el Caribe.
Mientras tanto, el destructor de misiles guiados USS Stockdale se mantiene en posición a apenas 20–30 millas náuticas de La Habana, una cercanía que habla por sí sola. No es postureo: es presencia sostenida en un momento en que el régimen muestra grietas por todos lados.
El miércoles 4 de febrero, un RC-135 Rivet Joint voló en paralelo al litoral norte, del oriente al occidente de la Isla, sin entrar en espacio aéreo cubano. La ruta, visible en FlightRadar24, arrancó al atardecer y se desarrolló sobre aguas internacionales, a unos 31.500 pies, recolectando señales en tiempo casi real. Dos días después, el 6 de febrero, fue detectado al norte del archipiélago un MQ-4C Triton —identificado como BLKCAT5— ampliando el alcance de la vigilancia con persistencia de más de 24 horas y sin exponer tripulaciones.
El rompecabezas se completa con la detección, ese mismo 4 de febrero, de dos vuelos P-8 Poseidon —uno al oeste por la mañana y otro al este por la tarde—, lo que refuerza la lectura de misión coordinada. Aviones tripulados, drones de gran altitud y un destructor cerca: demasiadas piezas para hablar de casualidad.
Este patrón encaja con misiones ISR/ELINT asociadas a la Operación Southern Spear, un esquema de vigilancia, reconocimiento e inteligencia que Washington mantiene activo para seguir rutas marítimas, infraestructuras y redes de comunicación en una región sensible. El Comando Sur de Estados Unidos ha sido claro: hay despliegues aéreos y navales en el Caribe para seguridad y protección, y no van a desaparecer.
Más allá del tecnicismo militar, el mensaje es político. Cuando el régimen se queda sin respuestas y el país se apaga, los radares ajenos se encienden. Mientras La Habana vende consignas y promesas huecas, el entorno internacional observa y toma nota. En buen cubano: nadie está mirando para otro lado.










