El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel apareció este jueves ante la prensa en una transmisión que el régimen presentó como “en vivo”, aunque todo apuntaba a un producto cuidadosamente editado. Desde el primer minuto, el libreto fue el de siempre: culpar a Estados Unidos, hablar de campañas mediáticas y prometer salidas sin decir cómo, cuándo ni con qué. En un país a oscuras, la explicación volvió a ser luz… verbal.
Díaz-Canel aseguró que el Gobierno “busca maneras” de salir de la crisis, especialmente la energética, pero evitó cualquier detalle verificable. Mientras los apagones se alargan y la vida cotidiana se paraliza, el mandatario se limitó a describir reuniones, valoraciones y análisis internos. Mucho proceso, cero soluciones. El pueblo, otra vez, fuera del acta.
La comparecencia, moderada por Arleen Rodríguez Derivet, derivó en un ejercicio de retórica donde las palabras sustituyeron a los anuncios. No hubo medidas concretas, ni plazos, ni un plan operativo que alivie hoy la falta de electricidad y combustible. Lo que sí hubo fue una repetición cansada de consignas.
Cuando se le preguntó por la relación con Venezuela y el relato de “estado fallido”, Díaz-Canel respondió con ideología. Negó el colapso y habló de “asfixia” histórica, como si 67 años de control absoluto no tuvieran nada que ver con el desastre. Volvió a invocar la “resistencia creativa”, una frase gastada que ya no convence ni al más disciplinado del auditorio. La gente no quiere creatividad; quiere luz, transporte y comida.
Sobre Caracas, intentó borrar la dependencia mientras admitía que durante años el combustible venezolano cubrió “prácticamente todo” lo que Cuba necesitaba. Reconoció que ese apoyo cayó por sanciones a Venezuela, pero no explicó cómo se llenará el hueco hoy. El futuro quedó en un “veremos”.
El gobernante también habló de un supuesto respaldo internacional. Dijo que Cuba “no está sola” y que hay gobiernos dispuestos a ayudar, sin mencionar nombres, acuerdos ni mecanismos. Otra promesa envuelta en humo. “Hay caminos”, afirmó, sin trazar ninguno.
Al tocar la crisis energética, apeló a la transición hacia renovables y admitió, al mismo tiempo, que sus resultados no se sienten. Aseguró que hay parques fotovoltaicos instalados y capacidad creada, pero confesó que todo quedó neutralizado por la falta de combustible. Planificación sin gasolina: el resumen perfecto.
La explicación de los apagones en La Habana fue reveladora. El Gobierno decidió priorizar energía para “la economía” aun sabiendo que eso castiga a la población. Es decir, apagones conscientes para una economía que no despega y un ciudadano que paga la factura. La sinceridad, al menos, fue brutal.
Anunció miles de sistemas fotovoltaicos en viviendas y centros “vitales”, lo que terminó exhibiendo otra verdad incómoda: en 2026 todavía hay miles de hogares sin electrificación estable. Y mientras se mencionan hogares maternos y de ancianos, los hospitales siguen lidiando con apagones, equipos rotos y escasez crónica.
El momento más surrealista llegó cuando Díaz-Canel presentó como estrategia lo obvio. “Tenemos aire, tenemos agua, tenemos sol, tenemos biomasa”, dijo, como si enumerar la naturaleza resolviera la generación eléctrica. Convertir obviedades en plan es el último refugio de un poder sin respuestas.
Tras casi dos horas, el balance fue claro. Ni una medida inmediata, ni un cronograma, ni un alivio tangible. Solo consignas, culpables externos y promesas abstractas. En la Cuba real, la luz no vuelve con discursos. Y mientras el régimen habla de aire y sol, el país sigue a oscuras.










