En medio de apagones interminables, escasez de comida y un país al borde del colapso, el régimen cubano ha decidido mover ficha. No para aliviar el hambre ni resolver la crisis energética, sino para reforzar su aparato represivo. La Dirección General de la Policía Nacional Revolucionaria lanzó una convocatoria pública para captar jóvenes dispuestos a vestir el uniforme azul, justo cuando el rechazo social hacia la policía va en aumento.
El llamado fue difundido a través de la página oficialista “Héroes de azul en Cuba”, donde se presenta la iniciativa como una oportunidad de “formación profesional”. Según el anuncio, el régimen ofrece cursos de preparación policial que prometen ascensos rápidos y una supuesta carrera dentro del Ministerio del Interior, todo envuelto en el lenguaje edulcorado de siempre.
Detrás de la propaganda, la realidad es otra. El régimen intenta tapar el déficit evidente de policías en las calles, una ausencia que no responde a falta de interés juvenil, sino a las pésimas condiciones laborales, los salarios de miseria y el descrédito total de una institución asociada a la represión cotidiana.
Mientras millones de cubanos sobreviven con apagones de más de diez horas, transporte colapsado y alimentos inaccesibles, el Estado ofrece a los jóvenes incorporarse a un sistema donde la lealtad política vale más que la dignidad, y donde el trabajo consiste, muchas veces, en vigilar, reprimir y enfrentar al propio pueblo.
Las reacciones en redes sociales no se hicieron esperar. Junto a los comentarios oficiales de apoyo forzado, aparecieron voces que dijeron lo que muchos piensan en voz baja. Algunos calificaron la idea de locura. Otros recordaron las malas condiciones en los albergues policiales, la mala alimentación, la falta de vivienda y el salario que no alcanza ni para llegar a fin de mes. Hubo quien fue más directo y sentenció que el déficit policial no se resolverá mientras la institución siga siendo vista como un brazo de control y no de protección ciudadana.
Aun así, no faltaron mensajes de jóvenes preguntando cómo inscribirse. No por vocación, sino por necesidad. Porque en un país donde no hay futuro, el régimen se aprovecha del hambre para reclutar obediencia. Cuando no hay trabajo, ni esperanza, ni opciones reales, el uniforme se convierte en una tabla de salvación, aunque venga cargada de vergüenza.
La convocatoria llega en un momento clave. La criminalidad va en aumento, la inconformidad social crece y el aparato represivo necesita más manos para contener lo que se le viene encima. Por eso, mientras el discurso oficial habla de “bienestar del pueblo”, la realidad demuestra otra cosa: el régimen invierte en control, no en soluciones.
En lugar de garantizar comida, luz y oportunidades, la dictadura apuesta por más policías. No para proteger al ciudadano, sino para protegerse a sí misma. Porque cuando un gobierno necesita reclutar represores en medio del hambre, lo que está defendiendo no es el orden, sino su propio miedo.










