En medio de una escalada de tensiones diplomáticas y económicas, el gobierno ruso decidió doblar la apuesta y mantener el suministro de petróleo a Cuba, aun cuando la administración de Donald Trump ha advertido que impondrá sanciones a los países que sigan enviando crudo a la Isla. El mensaje de Moscú es claro: no piensa soltar a La Habana, aunque el costo político aumente.
En declaraciones al medio estatal RIA, el embajador ruso en Cuba, Viktor Coronelli, confirmó sin rodeos que el petróleo ruso seguirá llegando. Según explicó, la crisis energética cubana no es nueva y se agravó tras la caída de los envíos venezolanos, dejando al régimen dependiente de aliados externos para no apagarse por completo.
Coronelli recordó que Cuba intenta aumentar su producción interna, con participación de la empresa estatal rusa Zarubezhneft, pero admitió implícitamente que eso no alcanza. El crudo ruso ya ha sido enviado varias veces en los últimos años y, según Moscú, esa práctica continuará, dejando claro que no se trata de una ayuda puntual, sino de una política sostenida para mantener a flote al castrismo.
La decisión adquiere un peso especial ahora que Trump elevó el tono y amenazó con aranceles y sanciones a terceros países que abastezcan de petróleo a Cuba. Desde Washington, la estrategia apunta a cerrar todas las válvulas de oxígeno económico del régimen, golpeando directamente su talón de Aquiles: la energía.
Para el embajador ruso, ese cerco forma parte de lo que calificó como intentos de asfixia económica liderados por Estados Unidos, y defendió el suministro de crudo como un elemento “estratégico” dentro de la cooperación bilateral. En otras palabras, Rusia no solo vende petróleo: hace geopolítica.
La postura rusa llega después de que Trump calificara a Cuba como “una amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional estadounidense y advirtiera que su gobierno ya mantiene contactos con las más altas autoridades cubanas, aunque sin revelar detalles. Paralelamente, Washington amplía su presión más allá de Venezuela y pone ahora la lupa sobre Rusia y México, los otros grandes proveedores de hidrocarburos para la Isla.
Las consecuencias de este pulso ya se sienten en la calle. Escasez de combustible, apagones interminables, transporte colapsado y precios disparados son parte del día a día de los cubanos, mientras el régimen depende cada vez más de la voluntad de sus aliados para sobrevivir.
Con una demanda estimada de unos 110 mil barriles diarios, la economía cubana no funciona sin petróleo importado. Y eso explica por qué Moscú se ha convertido en un sostén clave del sistema, más por cálculo político que por solidaridad.
Desde Naciones Unidas, el embajador ruso Vasily Nebenzya reforzó el mensaje de respaldo total. Aseguró que Rusia seguirá apoyando a sus aliados cubanos “en todo lo posible” y afirmó que las sanciones estadounidenses no quebrarán la determinación del régimen, repitiendo el viejo discurso de resistencia heredado de la Guerra Fría.
Mientras Washington intenta cerrar el grifo, Moscú lo mantiene abierto. Y en medio de ese choque de potencias, el régimen cubano sobrevive gracias al petróleo extranjero, confirmando que sin padrinos externos el sistema simplemente se apaga.










