El humorista cubano Ulises Toirac volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: decir verdades incómodas usando la ironía como bisturí, esta vez en respuesta a las recientes declaraciones de Miguel Díaz-Canel sobre los supuestos “tiempos difíciles” que se avecinan para Cuba. Como si lo que vive hoy el país fuera un ensayo general.
Toirac parte de lo más básico, de lo humano. Cuando te anuncian que vienen tiempos duros y ya estás comiendo una sola vez al día, viviendo con apagones más frecuentes que los errores del discurso oficial y pagando más en transporte para ir a trabajar que lo que ganas, lo primero que se te sale no es una reflexión profunda, sino un “asere, ¿y esto qué cosa es?”.
Pero el humorista no se queda ahí. Hace el esfuerzo —casi heroico— de separar la desgracia personal del desastre nacional. Y ahí es donde el relato del régimen se cae a pedazos. Porque cuando el poder habla de “planes de contingencia” en medio de la peor policrisis que ha vivido Cuba en décadas, lo que realmente está diciendo es algo mucho más grave: que esto no es el fondo, que aún falta caer más.
Con la misma seguridad con la que un día juraron que el “ordenamiento” no traería inflación, ahora prometen que saldremos “victoriosos”. Para Toirac, el guion suena conocido, casi cinematográfico. Una película de acción mal escrita, donde el bueno pierde toda la trama y gana milagrosamente al final. Solo que, como bien aclara, la vida real no funciona así. Aquí no hay efectos especiales que valgan.
El combustible lleva años escaseando, renqueando, desapareciendo. Y con él se fue la producción, el trabajo, la famosa riqueza que antes adornaba murales por toda la Isla. No hay quien produzca sin electricidad, sin transporte, sin conexión, sin futuro. Se apagó el país, literal y simbólicamente.
Toirac apunta al centro del problema: no basta con prometer que “en algún momento” habrá combustible. La pregunta real es qué va a quedar del país cuando llegue ese momento, si es que llega. Seguir estirando la cuerda no es resistencia, es prolongar la agonía.
Cuando desde arriba repiten que “rendirse no es opción”, el humorista recuerda que ya antes se ignoraron voces expertas, se silenciaron criterios incómodos y se tildó de “enemigo” a cualquiera que no repitiera el libreto oficial. Se intentó forzar la economía para que obedeciera consignas, y la economía —que no es socialista ni capitalista, sino economía— respondió como siempre: con realidad.
Hoy el sacrificio que se pide ya no es simbólico. Es la vida misma. Y no se puede exigir más cuando hay cubanos hundidos en la pobreza absoluta mientras otros viven blindados en una burbuja de privilegios. Cuando se habla de “momentos difíciles” desde la comodidad del poder, se demuestra una desconexión brutal con la calle, con la gente, con el país real.
Ulises Toirac no habló como político ni como economista. Habló como cubano. Y por eso su ironía duele más que cualquier discurso, porque desnuda una verdad que el régimen insiste en maquillar: Cuba no está ante tiempos difíciles… Cuba lleva rato sobreviviendo al fracaso de los mismos de siempre.










