Así funcionarán desde el próximo lunes las escuelas en Cuba luego que el régimen abriera la puerta a la «opción cero» por la escasez de combustible

Redacción

El Gobierno volvió a admitir, a medias y con eufemismos, que la crisis de combustible está paralizando la vida académica en Cuba. Este viernes, desde la Mesa Redonda, el ministro de Educación Superior, Walter Baluja García, anunció que las universidades pasarán a un esquema de clases semipresenciales, una fórmula reciclada que en la práctica significa menos aulas abiertas, más improvisación y miles de estudiantes empujados de regreso a sus municipios.

El funcionario intentó maquillar la decisión hablando de “organización por carreras” y “ajustes graduales”, pero el trasfondo es claro: no hay combustible para sostener el sistema universitario. Según explicó, en los municipios los profesores asumirán la docencia, mientras otras asignaturas se moverán al formato remoto, en un país donde los apagones, la mala conectividad y la escasez de equipos hacen del estudio a distancia una quimera.

En los próximos días comenzará el traslado de estudiantes hacia sus territorios de origen, aunque no todos correrán la misma suerte. El propio ministro pidió a alumnos y padres “mantenerse informados”, una frase que ya suena a consigna vacía en un sistema donde la información llega tarde, incompleta o nunca llega. Aun así, Baluja insistió en que se mantendrá la llamada “preparación para la defensa”, dejando claro cuáles son las prioridades reales del régimen: adoctrinar antes que educar.

La situación no es mejor en la enseñanza media. La ministra de Educación, Naima Ariatne Trujillo Barreto, reconoció que las mayores afectaciones recaerán sobre Secundarias Básicas y preuniversitarios, que deberán ajustar horarios, reducir sesiones o alternar días de clases según la movilidad de los profesores. En buen cubano, cada escuela “resolverá como pueda”, porque no existe un plan nacional serio para sostener la educación en medio del desastre.

En los IPVCE, técnicos medios y centros de formación pedagógica, muchos estudiantes serán enviados de vuelta a sus municipios, una decisión que rompe la continuidad docente y castiga a las familias con más gastos y desorganización. Mientras tanto, los círculos infantiles y las primarias se mantendrán abiertos, aunque con jornadas recortadas o salidas al mediodía para quienes viven lejos, otro parche más en una estructura que hace agua por todos lados.

Las autoridades prometieron que en los próximos días se “concretarán” las medidas por municipios y pidieron a los padres estar atentos. Pero la realidad es tozuda: la educación cubana vuelve a ser rehén del colapso energético, de décadas de mala gestión y de un modelo que prioriza la propaganda y la “resistencia” por encima del derecho básico a estudiar. En Cuba, otra vez, los apagones no solo apagan bombillos: apagan el futuro.

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