El actor cubano Jorge Ferdecaz volvió a meterse en candela —y de qué manera— tras una entrevista que ha dado mucho de qué hablar en redes y medios del exilio. Sus declaraciones a la plataforma Familia Cubana no fueron las típicas frases políticamente correctas ni el libreto heroico que muchos esperan escuchar. Al contrario: Ferdecaz se fue por la línea más incómoda, más humana y también más polémica. Habló sin poses sobre emigración, posturas políticas y esa manía de reconstruir biografías cuando se cruza el charco.
Para quien no lo ubique rápido por nombre, Ferdecaz tiene una carrera sólida dentro de Cuba: cine, teatro, televisión… de todo un poco. No es un improvisado ni alguien que salió ayer de una escuela de arte. Pero su vida dio el giro que han dado miles de cubanos cuando decidió mudarse a Miami en 2016. Eso sí, lejos del glamour que muchos imaginan, su realidad ha sido la de reinventarse. Sigue ligado al arte, pero no vive exclusivamente de la actuación. Hoy por hoy trabaja también en logística y mantenimiento de condominios, un escenario bastante común entre artistas emigrados que han tenido que bajarse del pedestal para poder pagar renta y facturas.
Uno de los momentos más comentados de la entrevista fue cuando entró de lleno en el tema político. Ahí no se escondió ni se fue por las ramas. Reconoció que es un asunto que le toca fibras, pero también dejó claro que no comulga con cierta presión social que existe dentro del exilio. Fue cuando soltó la frase que ha corrido como pólvora: que él nunca fue de salir a la calle a gritar consignas y que, precisamente por eso, no se siente con derecho a exigirle ese valor a otros. Una postura que muchos aplauden por honesta y otros critican por “tibia”.
Ferdecaz explicó que antes de emigrar había viajado bastante por trabajo. Es decir, conocía el mundo más allá de Cuba, pero aun así no tenía en mente irse definitivamente. No porque estuviera feliz con la situación del país, sino porque estaba en otra etapa de vida: más joven, enfocado en su carrera, en disfrutar, en vivir el momento. Sin embargo, su primer viaje a Estados Unidos le movió el piso. Ahí sí entendió que quería construir su futuro fuera de la Isla.
Quizás la parte más cruda de toda la conversación fue cuando habló de su propio rol dentro de Cuba antes de irse. Admitió sin rodeos que no fue un disidente visible. Tampoco alguien completamente ajeno al miedo. Se describió como parte de esa generación criada entre silencios, precauciones y contradicciones. Incluso fue más lejos al cuestionar ciertos relatos épicos del exilio, reconociendo que en su caso no salió “huyendo de una dictadura”, una frase que para muchos es casi intocable.
Ya mirando hacia el futuro de Cuba, su postura también se ubicó en ese punto medio que rara vez deja a todos contentos. Defendió la ayuda humanitaria para el pueblo, rechazó una intervención militar y apostó por un acercamiento entre países basado en respeto e igualdad. Sin buscar aplausos fáciles, sus palabras dejan una reflexión incómoda sobre coherencia, memoria y las distintas formas —no siempre heroicas— en que los cubanos viven y cuentan su historia.










