El régimen cubano volvió a confirmar lo que la gente siente en la piel desde hace rato: no hay combustible suficiente y, por tanto, vienen recortes en la venta. El anuncio lo hizo Oscar Pérez-Oliva Fraga, envuelto en el mismo discurso de siempre sobre “ahorro” y “medidas temporales”, pero sin decir cuándo, cuánto ni hasta dónde.
La explicación oficial fue tan breve como preocupante. Básicamente, que no pueden sostener los niveles de comercialización de semanas anteriores porque el combustible no alcanza. Punto. Nada de calendarios, nada de volúmenes, nada de prioridades claras. Otra vez, el cubano queda a ciegas, improvisando su vida entre colas, apagones y promesas.
El mensaje insiste en que las restricciones serán temporales y que, “cuando se restablezca la situación”, volverán los niveles habituales. El problema es que en Cuba lo temporal se vuelve permanente, y lo habitual termina siendo la escasez. Ya pasó con los apagones, con el transporte y con los alimentos. Ahora le toca otra vuelta de tuerca a la gasolina.
El anuncio vino acompañado de una vieja receta reciclada: concentrar las actividades administrativas de lunes a jueves para bajar el consumo energético los fines de semana. En la práctica, menos movimiento, menos servicios y más parálisis, mientras el discurso oficial vende la idea de que así se “protegen otras necesidades de la población”.
Lo que no se dice —pero todo el mundo sabe— es que estas medidas no atacan el problema de fondo. No hay inversión, no hay mantenimiento, no hay gestión eficiente. Solo hay recortes, llamados al sacrificio y una economía que se encoge cada día más.
Mientras tanto, el país sigue funcionando a medias. Menos combustible significa menos transporte, menos producción, menos comida y más desesperación. Y el Gobierno, una vez más, responde con anuncios vagos y consignas gastadas, como si eso bastara para mover un país que lleva años sin gasolina… ni rumbo.










