La crisis cubana ya no se mide solo por apagones eternos, colas sin fin o estómagos vacíos. En Santiago de Cuba, la precariedad ha cruzado una frontera impensable: hasta la muerte tiene que esperar… o adaptarse.
El pasado 7 de febrero, en el municipio San Luis, fue “presentado” lo que muchos consideran el símbolo definitivo del derrumbe estatal: un carro fúnebre de tracción animal, una carreta metálica cerrada, con ventanillas laterales, tirada por un caballo y destinada al traslado de ataúdes. La razón no sorprende a nadie: no hay combustible, no hay vehículos y no hay respuestas.
Las imágenes que circularon en redes sociales muestran a varias personas alrededor del improvisado artefacto, mientras el animal, enganchado al frente, espera para arrastrarlo por las calles. No hubo alarma oficial, ni disculpas, ni vergüenza institucional. Todo lo contrario: la escena fue presentada como una “solución” creativa ante el colapso del transporte estatal.
En Facebook, un usuario identificado como Raúl Pérez Velázquez confirmó que se trataba de un nuevo medio de tracción animal para trasladar fallecidos, justificándolo por el déficit de combustible. Según el mensaje, el objetivo sería evitar que las familias “pasen trabajo” en el último adiós. En la Cuba de hoy, el eufemismo ya no alcanza para tapar la humillación.
Para muchos cubanos, el mensaje es devastador: ni siquiera la muerte garantiza dignidad. El país que prometió “seguridad social desde la cuna hasta la tumba” ahora devuelve a sus ciudadanos al siglo XIX, con ataúdes arrastrados por caballos mientras el poder sigue hablando de resistencia y soberanía.
El caso de San Luis no es un hecho aislado, sino otro eslabón de una cadena de denuncias que llevan años retratando el colapso del sistema funerario en Santiago y otras provincias. En junio de 2024, un féretro tuvo que ser trasladado en un camión de transporte masivo de pasajeros, porque no había carro fúnebre disponible. En aquel momento se denunció que solo dos vehículos funerarios operativos atendían a casi un millón de habitantes.
Meses después, en septiembre de 2024, la indignación volvió cuando una familia en Mayabeque tuvo que cargar un ataúd a pie durante dos kilómetros por falta total de transporte. En abril de 2025, la escena se repitió en Guisa, donde se usó un vehículo improvisado de Flora y Fauna para despedir a un fallecido. Y en diciembre de ese mismo año, nuevamente en San Luis, un cadáver fue trasladado en un camión jaula, de los que suelen usarse para animales o mercancías, tras horas de espera inútil.
Cada uno de estos episodios confirma una verdad incómoda que el régimen se niega a admitir: el Estado ya no puede garantizar ni los servicios más básicos, ni siquiera aquellos que tocan el límite de la dignidad humana. Mientras el discurso oficial habla de heroicidad y sacrificio, las familias entierran a los suyos como pueden, con dolor añadido y sin amparo.
En la Cuba actual, la miseria no descansa ni con la muerte. El carro fúnebre tirado por caballos no es una anécdota pintoresca: es la fotografía exacta de un país colapsado, gobernado por un sistema que ha perdido toda capacidad —y toda sensibilidad— para cuidar a su gente, incluso en el último viaje.










