Cuba amaneció ayer domingo con al menos tres buques militares de Estados Unidos operando a muy corta distancia de sus aguas territoriales, una señal clara de vigilancia y presión en un Caribe cada vez más tenso. La detección no provino de un anuncio oficial, sino del seguimiento en mapas marítimos públicos de plataformas como VesselFinder, usadas para monitorear el tráfico naval casi en tiempo real.
Aunque la aplicación no muestra nombres ni posiciones continuas de naves militares, uno de los buques apareció alrededor de las 11:00 de la mañana a menos de ocho millas náuticas de la costa cubana, frente a Cayo Romano Occidental. Ese dato no es menor: lo coloca a apenas cuatro millas del límite formal del mar territorial, una franja especialmente sensible desde el punto de vista militar y geopolítico.
Según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, el mar territorial se extiende hasta 12 millas náuticas desde la línea de base costera, zona en la que el Estado ejerce soberanía plena. Dentro de ese espacio, los buques extranjeros solo pueden transitar bajo el principio de “paso inocente”, de forma rápida y continua, sin actividades hostiles, de inteligencia o investigación. La cercanía registrada, sin confirmar ingreso formal, enciende todas las alertas.
Este movimiento no ocurre en el vacío. Se inscribe en el amplio despliegue naval de Estados Unidos en el Caribe, vinculado a la operación Southern Spear, con la que Washington ha intensificado la interdicción de buques sancionados, el control de rutas marítimas y la presión sobre redes asociadas al tráfico de petróleo desde Venezuela hacia Cuba. En semanas recientes, la Marina y la Guardia Costera estadounidenses han interceptado tanqueros, desplegado portaaviones y reforzado su presencia cerca de puntos estratégicos del Caribe occidental.
Aunque no hay confirmación oficial de que estas naves hayan cruzado el límite del mar territorial cubano, la proximidad por sí sola funciona como mensaje de disuasión en un momento marcado por el colapso del suministro energético venezolano, el endurecimiento de la presión de Washington y una reconfiguración del equilibrio de poder en la región.
Mientras tanto, el régimen cubano guarda silencio. No hay comunicado, explicación ni protesta pública. Ese mutismo contrasta con la retórica beligerante habitual y refuerza la imagen de un poder que observa sin margen de maniobra, atrapado entre la propaganda y una realidad geopolítica que ya no controla. En el tablero del Caribe, los barcos se mueven; La Habana calla.










