El régimen cubano atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas y eso ya no es solo una percepción del exilio. Congresistas cubanoamericanos están empujando con fuerza a Donald Trump para que aplique una política de tolerancia cero y presión total contra La Habana, convencidos de que el sistema de poder en la isla está tambaleándose como nunca antes.
De acuerdo con una publicación reciente del New York Post, los republicanos Carlos Giménez y Mario Díaz-Balart están pidiendo a la Casa Blanca que suba el volumen de las sanciones económicas, diplomáticas y políticas. La apuesta es clara: asfixiar al régimen hasta forzar un cambio real, sin paños tibios ni concesiones cosméticas.
Ambos legisladores coinciden en que el Gobierno cubano está metido en un hueco profundo. La pérdida del petróleo venezolano y la ausencia de financiamiento externo han dejado al castrismo sin oxígeno económico, incapaz de sostener una economía en ruinas y unos servicios básicos que ya eran un desastre.
Giménez ha sido tajante. Asegura que nunca había visto al régimen tan débil, y defiende que la presión no solo debe mantenerse, sino ampliarse. En su criterio, también hay que ir detrás de los países que todavía le pasan la mano a La Habana, ya sea enviando petróleo o sirviendo de salvavidas financiero.
Díaz-Balart va en la misma línea y recuerda que la presión sostenida ha sido la única vía efectiva frente a dictaduras que se aferran al poder con uñas y dientes. Para el congresista, en el caso cubano no hace falta hablar de intervención militar; basta con cerrar todas las válvulas que mantienen con vida al aparato represivo.
El análisis incluye alertas de expertos como Sebastián Arcos, del Instituto de Investigaciones Cubanas de la Florida International University. Arcos advierte que el régimen intentará vender negociaciones y gestos de apertura como cortinas de humo, solo para ganar tiempo y evitar el derrumbe.
Según su lectura, sin el crudo venezolano la economía cubana pasará de una crisis eterna a un colapso total. Mientras tanto, el poder buscará concesiones mínimas para sobrevivir, aunque el pueblo siga pagando el precio con apagones, escasez y miseria.
El reporte señala que Trump evalúa impulsar un cambio de régimen antes de que termine el año, y que su administración estudia nuevas medidas, incluidas sanciones a países que exporten petróleo a la isla. La idea es simple y directa: cortar las últimas fuentes de ingreso que mantienen a flote al Gobierno cubano.
En ese tablero juega un rol clave el secretario de Estado Marco Rubio, involucrado en el diseño de la estrategia hacia Cuba y en contactos con sectores del exilio y actores internos del propio sistema, explorando escenarios de transición que no reciclen al mismo poder de siempre.
Aunque Miguel Díaz-Canel figure como presidente, el texto recuerda lo que en Cuba todo el mundo sabe. El poder real sigue en manos de Raúl Castro y del aparato militar, dueño de los principales negocios del país y más interesado en proteger sus privilegios que en soltar el control.
Para los congresistas, el objetivo final es claro y no admite maquillaje. Que Cuba recupere su libertad tras décadas de autoritarismo, dejando que el régimen se derrumbe bajo el peso de la presión internacional, sin guerras ni excusas, pero también sin rescates de última hora para una dictadura que ya no se sostiene ni con cuentos.










