Estados Unidos volvió a mover ficha y no fue precisamente en silencio. Un globo del Sistema de Radar Aerostático Cautivo, conocido como TARS, fue desplegado en Cudjoe Key, en los Cayos de Florida, con el número de cola N807XR. Desde allí opera a unos 2,5 kilómetros de altura, a apenas 145 kilómetros de La Habana, una distancia que dice mucho sin necesidad de discursos.
El mensaje es claro. Washington está aumentando la presión y la vigilancia sobre el régimen cubano, en un momento en que el castrismo muestra más grietas que nunca. Este despliegue no es un hecho aislado ni una casualidad técnica. Forma parte de un reforzamiento sostenido de las operaciones de inteligencia y patrullaje en el entorno de Cuba, una señal inequívoca de que el margen de maniobra del poder en la isla se está achicando.
A este globo radar se suma un movimiento constante de buques militares y aeronaves de vigilancia estadounidenses que patrullan la zona. Aviones especializados en inteligencia electrónica y marítima, junto a drones de largo alcance, dibujan un anillo de observación permanente alrededor de la isla. Traducido al cubano: el régimen está siendo mirado con lupa, día y noche.
Este aumento de la actividad militar y de inteligencia llega en un contexto político cargado. La administración de Donald Trump ha vuelto a colocar al Gobierno cubano en la lista de amenazas regionales, dejando claro que no habrá cheques en blanco ni concesiones para una dictadura en ruinas. Desde Washington también se han lanzado advertencias directas sobre posibles sanciones vinculadas al suministro de petróleo, uno de los pocos tubos de oxígeno que aún le quedan al castrismo.
El despliegue del TARS frente a la costa de Florida refuerza esa narrativa. No es solo vigilancia, es presión estratégica. Un recordatorio de que Estados Unidos tiene la capacidad, la información y el control del entorno, mientras en Cuba el poder se sostiene con apagones, escasez y un discurso cada vez más vacío.
Para el régimen, acostumbrado a victimizarse y a vender fantasmas externos para justificar su fracaso, esta presencia es incómoda. Para los cubanos de a pie, en cambio, es otra señal de que el tablero internacional se está moviendo y que el castrismo ya no opera en la impunidad de otros tiempos. Cuando los radares se acercan y el cerco se aprieta, las excusas se acaban y las debilidades quedan al desnudo.










