La Habana, aquella ciudad que alguna vez fue sinónimo de movimiento, ruido y vida callejera, hoy amanece con otra cara. Más gris. Más quieta. Más dura. La crisis de combustible y el deterioro económico siguen apretando, y el transporte urbano se ha convertido en otro campo de batalla cotidiano.
Cubanos cuentan que los almendrones, esos taxis colectivos que durante décadas fueron salvavidas para medio país, ya cobran cifras que dejan a cualquiera mareado. Hasta 500 pesos desde el Parque de la Fraternidad a La Víbora. Mil pesos para llegar a La Palma. Números que hace nada parecían exageraciones de redes sociales y hoy son la norma.
El golpe no es solo al bolsillo. También a la dinámica de la ciudad. La Calzada de Diez de Octubre, una de las arterias más vivas de La Habana, despertó prácticamente desierta. Apenas algunos triciclos eléctricos rompían el silencio. El resto, vacío. Una postal que hace años habría sido impensable.
En Facebook, como ya es costumbre, la gente suelta el desahogo. Hay quien prefiere caminar largas distancias antes que pagar tarifas imposibles. Otros asumen que esto es apenas el comienzo y que los precios seguirán subiendo a medida que el combustible desaparezca aún más.
No faltan voces que entienden la otra cara del drama. Porque sí, los boteros también están atrapados en la misma tormenta. Nadie trabaja por amor al arte cuando llenar un tanque depende de dólares, mercado informal y precios descontrolados. El combustible en USD terminó redefiniendo el pasaje en CUP.
En medio del panorama, una frase resuena como eco de la calle. Un señor mayor, mirando la Calzada de Luyanó casi vacía, suelta resignado que ya ni para “jugar dominó en plena calle” hay ambiente. La imagen dice más que cualquier estadística.
Mientras los carros desaparecen, los triciclos eléctricos ganan terreno. No por modernización planificada ni por avances tecnológicos, sino por pura necesidad. Son más baratos de operar, más accesibles en medio de la escasez y, para muchos, la única opción disponible. Aunque tampoco son precisamente regalados. Un viaje puede rondar los 300 pesos, otra cifra que aprieta.
La escena resume la contradicción permanente de la Cuba actual. Ciudadanos asfixiados por precios cada vez más altos. Transportistas luchando por no hundirse. Y un Estado ausente de soluciones reales, atrapado en discursos repetidos mientras la vida diaria se encarece sin freno.
La Calzada de Diez de Octubre vacía no es solo una anécdota ni una curiosidad urbana. Es un símbolo brutalmente honesto del momento que vive la capital. Una ciudad que alguna vez vibró sin descanso y que hoy refleja, en su silencio, el peso de la crisis estructural.










