La tijera volvió a caer sobre la ya frágil conectividad aérea de Cuba. Las aerolíneas rusas Rossiya y Nordwind decidieron parar operaciones hacia la isla tras un problema que suena a déjà vu nacional: no hay combustible suficiente para los aviones. Así, sin maquillaje.
La confirmación llegó desde Rosaviatsia, la autoridad aeronáutica rusa. El organismo explicó que, ante los tropiezos para repostar en aeropuertos cubanos, ambas compañías tuvieron que rehacer sus planes. Traducido al cubano de a pie: si no hay JET-A1, no despega nadie.
Rossiya, vinculada al grupo Aeroflot, activó un esquema de emergencia. Durante los próximos días solo realizará vuelos de retorno desde La Habana y Varadero hacia Moscú. Son los conocidos ferry flights, trayectos sin pasajeros a la ida. El objetivo es claro: sacar de la isla a los turistas rusos que quedaron colgados.
Después de esa operación puntual, la aerolínea congelará su programa hasta nuevo aviso. Nordwind, mientras tanto, mueve piezas a la carrera. Mantiene algunos vuelos específicos hacia Holguín y Varadero, pero el panorama general no pinta color de rosa. Desde Rusia ya advierten que la ruta bilateral atraviesa turbulencias serias.
El impacto no es menor. Datos oficiales hablan de unos 4.000 viajeros rusos actualmente en Cuba. Gente que llegó buscando sol caribeño y se encontró con una postal más conocida por los cubanos que por los turistas: incertidumbre logística y soluciones improvisadas.
Pegas Touristik, uno de los operadores más activos en ese mercado, cortó de raíz la venta de nuevos paquetes a la isla. La empresa aseguró que la situación está “bajo control” y que los clientes regresarán de forma organizada. Mensaje tranquilizador, sí, aunque el ruido de fondo es imposible de ignorar.
Para La Habana, el golpe duele. Rusia se había consolidado como uno de los salvavidas del turismo cubano, solo detrás de Canadá. Más de 131.000 visitantes rusos llegaron en 2025, un flujo vital para una economía sedienta de divisas. Cada asiento vacío es dinero que no entra.
La raíz del problema vuelve a apuntar al talón de Aquiles energético del país. Autoridades cubanas avisaron a aerolíneas internacionales que no podían garantizar suministro estable de combustible de aviación. Y, fiel al guion oficial, culparon al “asedio energético” de Estados Unidos.
Pero en la práctica, el drama es otro. La infraestructura energética nacional lleva años dando señales de agotamiento. Apagones, escasez de diésel, cuellos de botella en importaciones. El resultado es visible: ni siquiera el combustible para sostener rutas estratégicas está asegurado.
Desde Moscú, el Kremlin expresó inquietud. Dmitri Peskov aseguró que mantienen contactos intensos con las autoridades cubanas y responsabilizó a Washington de agravar la crisis. El discurso diplomático sigue su curso, aunque los aviones continúan en tierra.
Mientras no se normalice el suministro, los vuelos regulares desde Rusia hacia Cuba quedan en pausa. El retorno de los turistas se hará de forma escalonada, con operaciones específicas y ajustes de última hora. Un rompecabezas operativo que nadie quiere armar, pero toca.
Más allá del episodio puntual, la escena deja una lectura incómoda para el relato oficial cubano. La suspensión no es solo un contratiempo aéreo. Es otro síntoma del desgaste estructural de un sistema que tropieza una y otra vez con el mismo obstáculo: la incapacidad crónica para sostener servicios básicos sin sobresaltos.










