Mike Hammer volvió a agitar el avispero político cubano. El jefe de la misión diplomática de Estados Unidos en La Habana dejó caer declaraciones que, en cualquier otro contexto, pasarían como simples comentarios diplomáticos. Pero en Cuba, donde todo se lee entre líneas, sus palabras son dinamita pura.
Durante una entrevista televisiva concedida a Telemundo Miami, Hammer insinuó algo que el discurso oficial cubano suele negar con vehemencia. Según explicó, Washington mantiene contactos con figuras de alto nivel dentro del propio engranaje del poder en la isla. No con actores periféricos, sino con sectores que ocupan posiciones relevantes dentro del sistema.
El tema surgió cuando el periodista le lanzó una pregunta tan directa como incómoda. ¿Quién sería la “Delcy Rodríguez” cubana en un eventual escenario de conversaciones políticas? La referencia no fue casual. La funcionaria venezolana jugó un rol clave en procesos de negociación en su país, y la comparación apuntaba a explorar si en Cuba existe un perfil similar.
Hammer, fiel al estilo diplomático, esquivó los nombres. Pero lejos de desmentir la idea, dejó claro que la figura sí existe. Reconoció que es una interrogante válida y sugirió que dentro de la estructura de poder cubana hay actores capaces de desempeñar ese papel de interlocución, aunque permanezcan fuera del foco público.
Lo más revelador vino después. El diplomático afirmó que hay conversaciones en curso con individuos situados en niveles muy altos del régimen. A su juicio, algunos sectores estarían abiertos al diálogo, aun cuando otras voces oficiales insistan en negar cualquier contacto.
La descripción que ofreció pinta un escenario lleno de contradicciones internas. Funcionarios que hoy niegan intercambios y mañana los admiten. Versiones que cambian según el momento político. Una dinámica que sugiere tensiones y mensajes cruzados dentro del propio aparato estatal.
Para ilustrar su punto, Hammer evocó la experiencia venezolana. Recordó cómo ciertos interlocutores, inicialmente invisibles, terminaron ocupando un lugar central en procesos de negociación. Sin afirmarlo de forma explícita, la analogía deja entrever que algo similar podría estar gestándose en el caso cubano.
Las declaraciones no ocurren en un vacío. Hammer ha insistido repetidamente en que la situación en la isla es crítica. Ha descrito un país atrapado en un deterioro económico y social que ya no puede maquillarse con consignas ni estadísticas oficiales.
Entre los factores que ha señalado figuran la crisis energética, los apagones interminables, el colapso del transporte y la fragilidad de infraestructuras básicas. Un panorama que, según su lectura, pone en duda la sostenibilidad del modelo político actual.
En paralelo, el diplomático ha desplegado una estrategia poco habitual en la rígida escena cubana. Ha recorrido provincias, conversado con ciudadanos comunes y sostenido encuentros con familiares de presos políticos. Lo que él define como “diplomacia de calle” ha sido recibido por el régimen con evidente incomodidad.
No han faltado las reacciones hostiles. Actos de repudio, campañas de descrédito y la maquinaria propagandística activada para desacreditar sus movimientos. Cada aparición pública de Hammer parece generar nuevas tensiones en la narrativa oficial.
En este contexto, la mención de una posible figura de interlocución dentro del poder cubano adquiere un peso particular. Sugiere que, más allá del discurso rígido de La Habana, podrían existir fisuras, conversaciones discretas o al menos sectores dispuestos a escuchar.
El contraste con la postura oficial es inevitable. El gobierno cubano suele descalificar cualquier insinuación de diálogos tras bambalinas o cambios políticos en ciernes. Sin embargo, la historia reciente demuestra que los procesos de negociación rara vez se anuncian con bombos y platillos.
Las palabras de Hammer, medidas pero cargadas de significado, alimentan especulaciones sobre movimientos silenciosos dentro de la élite gobernante. No confirman escenarios de transición, pero sí desmontan la idea de un aislamiento total o una cerrazón monolítica.
Al final, el episodio deja una imagen reveladora del momento político cubano. Un país sumido en crisis estructural, un régimen obligado a gestionar presiones crecientes y una diplomacia estadounidense que sugiere contactos donde oficialmente “no existe nada”.
En Cuba, donde la opacidad es regla y la información circula a cuentagotas, cada declaración de este calibre se convierte en un evento político. Y esta vez, Hammer no solo habló de crisis. Habló, indirectamente, de interlocutores dentro del propio corazón del poder.










