En medio de la crisis total en Cuba los médicamentos alcanzan precio de oro molido en el mercado negro

Redacción

La crisis de los medicamentos en Cuba ya no admite maquillaje ni consignas. Lo que antes se vendía como un sistema de salud “ejemplar” hoy tropieza con una realidad dura: farmacias desabastecidas, pacientes angustiados y un mercado informal donde los precios parecen sacados de otro planeta.

El contraste es brutal. En la red estatal, los anaqueles vacíos se han vuelto paisaje cotidiano. Afuera, en la calle, los mismos fármacos aparecen como por arte de magia, pero a cifras imposibles para cualquier salario promedio. La escena, repetida a lo largo del país, alimenta una sensación cada vez más extendida de corrupción y desgobierno.

Desde Facebook, el usuario Cesario Navas soltó una denuncia que resonó con fuerza entre los cubanos. Con evidente indignación, describió cómo lo absurdo terminó normalizándose en la Isla. Habló de hurto, complicidad y desidia institucional, y lanzó una pregunta incómoda que muchos repiten en voz baja: si todo esto responde a factores externos o al propio colapso del modelo interno.

El ejemplo que expuso resulta demoledor. Medicamentos cardiovasculares producidos en Cuba, con precios oficiales casi simbólicos, simplemente no aparecen en farmacias. Sin embargo, resurgen en el mercado negro habanero con importes que multiplican de forma grotesca su valor estatal.

El Dinitrato de Isosorbida, prácticamente regalado en su tarifa oficial, se comercializa clandestinamente a cientos de pesos. El Amlodipino, otro fármaco esencial para pacientes hipertensos, sigue la misma ruta. Lo que debería costar unos pocos CUP termina convertido en un lujo prohibitivo.

La reacción de Navas fue directa, sin rodeos ni eufemismos. Su malestar no apunta solo a los revendedores, sino al silencio y la pasividad de las autoridades. En un país donde la vigilancia estatal es omnipresente, la impunidad de estas prácticas genera preguntas inevitables.

La contradicción salta a la vista. Mientras el aparato represivo actúa con rapidez ante cualquier disidencia política, el desvío y la reventa de medicamentos —que impactan de forma directa en la salud pública— parecen moverse en una zona de tolerancia inexplicable.

El ciudadano también puso el foco en un punto sensible: estas operaciones ilegales no ocurren en rincones ocultos, sino en zonas céntricas y a plena luz del día. La percepción de que todo sucede ante la mirada de inspectores y fuerzas del orden solo amplifica la frustración social.

Más allá de un caso puntual, lo descrito refleja un problema estructural. La escasez de medicamentos en Cuba ya no es episódica, sino crónica. Pacientes con enfermedades cardiovasculares, hipertensión o tratamientos prolongados enfrentan una incertidumbre constante, donde conseguir un simple blíster puede convertirse en una odisea.

Así, entre farmacias vacías y precios desorbitados, el sistema sanitario cubano continúa perdiendo credibilidad. Y el cubano de a pie, como siempre, queda atrapado entre la necesidad médica y una economía que hace cada día más difícil, incluso, el derecho básico a la salud.

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