El aparato propagandístico del régimen cubano volvió a encender sus cámaras para rendir “homenaje” a oficiales de su seguridad que estuvieron en Venezuela durante lo que describen como la operación del 3 de enero. Ahí, fuerzas estadounidenses habrían capturado a Nicolás Maduro y, según La Habana, murieron 32 militares cubanos. La versión oficial cubana, repetida con fervor, se presentó como un acto de honor y lealtad… aunque la realidad muestra algo muy distinto.
La ceremonia se celebró en la sede del Batallón 2 de la Brigada Especial Nacional (BEN), donde los uniformados intercambiaron palabras y fueron objeto de un minuto de silencio por los que el régimen calificó de “caídos en combate”, junto con la proyección de un documental llamado “Honor y Gloria”. Todo un intento más del castrismo por construir una narrativa épica sobre un episodio que para muchos fuera de la burbuja oficialista suena a propaganda pura.
Al frente del evento estuvieron figuras del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y del Ministerio del Interior, incluidos el general Oscar Alejandro Callejas Valcarce, jefe de la Dirección Política del MININT, y el coronel Marcos Rosabal Rodríguez, segundo jefe de la BEN. No faltaron carnés de Partido Comunista entregados en medio de ovaciones ni reconocimientos a los “destacados”. Un ritual que gira en torno más a reforzar lealtades internas que a honrar hechos concretos.
Las intervenciones, según el relato castrista, se centraron en reafirmar que en Cuba no se permitirá nada parecido a lo que, según aseguran, ocurrió en Venezuela. También abundaron las consignas de fidelidad al Partido Comunista y a Miguel Díaz-Canel. El coronel Rosabal Rodríguez, en su discurso, defendió la misión de sus oficiales como prueba de compromiso inquebrantable con el régimen, prometiendo que seguirán “en la primera línea de combate” para preservar lo que llaman conquistas revolucionarias.
El evento cerró con la clásica foto grupal que tanta importancia tiene en el régimen: uniformados posando juntos con semblantes solemnes. La imagen queda como testimonio de otra pieza más dentro de la maquinaria de legitimación del poder castrista.
Pero más allá de la parafernalia, este acto expone una relación inquietante entre el régimen de La Habana y el chavismo venezolano, justo cuando este último atraviesa un proceso de transición política tras la captura de Maduro. En lugar de distanciarse, el liderazgo cubano eligió hacer un despliegue público de apoyo a quienes estuvieron vinculados a esa misión de protección, reforzando su solidaridad operativa y política.
Ese respaldo se da en un contexto de presión internacional creciente sobre ambos gobiernos. Mientras Venezuela intenta caminar hacia un nuevo rumbo, el régimen cubano sigue girando sobre su propio eje, aferrado a los mismos símbolos y discursos que lo mantienen flotando entre la negación de la realidad y la repetición de consignas.
Para los cubanos de a pie, este tipo de espectáculos poco tiene que ver con los problemas reales que atraviesan: crisis energética, escasez de bienes básicos, migración masiva y un sistema que cada vez ofrece menos respuestas útiles. Sin embargo, desde el balcón oficialista, lo que importa es proyectar unidad y lealtad, aunque esa narrativa se sostenga más por obligación que por convicción.
En medio de todo ello, la fotografía colectiva en la Brigada Especial Nacional no es solo otra postal oficial; es una pieza más en la muestra de hasta dónde llega la connivencia y el respaldo incondicional entre regímenes que comparten una misma lógica de supervivencia: celebrar sus propios símbolos mientras el país sigue desmoronándose a su alrededor.










