La maquinaria mediática del régimen cubano volvió a hacer lo que mejor sabe: construir relatos a conveniencia. Esta vez, la televisión oficialista apuntó directamente al secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, a quien responsabilizó de haber “vendido” al presidente Donald Trump una supuesta historia sobre negociaciones entre Washington y La Habana.
Durante una transmisión reciente, el locutor Rey Gómez lanzó la acusación sin medias tintas. Según su versión, Rubio habría fabricado un escenario inexistente de conversaciones bilaterales, logrando que Trump repitiera públicamente la idea de contactos con autoridades cubanas. La tesis oficial: todo sería un “cuento” cuidadosamente sembrado desde el Departamento de Estado.
El comentario televisivo se apoyó en declaraciones previas del vicecanciller cubano Carlos Fernández de Cossío, quien ha insistido en negar que existan negociaciones formales con la Casa Blanca. La postura oficial cubana, reiterada hasta el cansancio, es que La Habana solo aceptaría intercambios “en pie de igualdad” y sin condiciones previas.
Sin embargo, el tono del programa dejó entrever algo más que simple desmentido diplomático. Gómez calificó las afirmaciones atribuidas a Trump como resultado de una manipulación directa. Habló de una supuesta estrategia impulsada por Rubio y otros funcionarios estadounidenses para construir un pretexto político.
El lenguaje empleado no fue precisamente diplomático. Se mencionó una “manipulación descarada” y se sugirió que el tema de las negociaciones estaría siendo utilizado como excusa para justificar medidas hostiles contra la isla. Más que información, la escena parecía un ejercicio clásico de propaganda política.
La narrativa oficialista no se detuvo en Rubio. También arrastró al senador Mario Díaz-Balart y al jefe de la misión estadounidense en La Habana, Mike Hammer, presentándolos como piezas de un supuesto engranaje orientado al “cambio de régimen” en Cuba. Una fórmula discursiva repetida durante años por los medios estatales.
Dentro del mismo comentario, Rubio fue retratado como el arquitecto de una agenda personal. El locutor insinuó que el secretario de Estado habría influido decisivamente sobre Trump, “marcando el ritmo” de la política hacia Cuba. La imagen construida fue la de un presidente estadounidense supuestamente guiado por intereses ajenos.
Este tipo de afirmaciones encaja perfectamente en el guion histórico del aparato comunicacional cubano. Ante cualquier señal de presión externa, el relato oficial recurre a conspiraciones, manipulaciones y planes encubiertos. La responsabilidad nunca recae en la crisis interna, siempre en factores foráneos.
La contradicción resulta evidente. Mientras el régimen niega la existencia de diálogos formales, dedica espacios televisivos completos a desmontar versiones que, según afirma, no existen. Una paradoja que alimenta aún más la percepción de opacidad y doble discurso en la política exterior cubana.
En la práctica, la retórica oficial intenta reforzar la imagen de firmeza soberana. Pero hacia dentro, el mensaje revela nerviosismo. La sola mención de negociaciones o interlocutores genera reacciones defensivas que terminan convertidas en espectáculos mediáticos.
El trasfondo político no es menor. La relación entre Washington y La Habana atraviesa uno de sus momentos más tensos, con sanciones, acusaciones mutuas y un contexto cubano marcado por crisis económica y energética. En ese escenario, cada declaración pública adquiere un peso desproporcionado.
Al final, más allá de nombres y acusaciones, lo que queda es otro episodio del teatro informativo oficialista. Una televisión estatal que no informa, sino que interpreta la realidad según las necesidades del régimen, alimentando una narrativa donde los problemas estructurales del país desaparecen detrás de enemigos externos y supuestas intrigas internacionales.










