Mientras la vida cotidiana en Cuba sigue marcada por apagones, escasez y malabares para sobrevivir, la narrativa oficial vuelve a desempolvar uno de sus clásicos: la amenaza de una agresión externa. Esta vez, el escenario fue el municipio Cerro, convertido en protagonista del Día Nacional de la Defensa.
Un reporte de la televisión estatal mostró a Miguel Díaz-Canel recorriendo estructuras defensivas y supervisando ejercicios militares. El mensaje fue el de siempre, pero con volumen alto: “completa disposición combativa” ante un supuesto ataque enemigo. En la práctica, más imágenes de maniobras que soluciones a los problemas diarios.
Durante la cobertura, las declaraciones de la presidenta del Consejo de Defensa Municipal del Cerro añadieron un matiz particularmente dramático. Hablar de “grandes posibilidades” de que la zona sea objeto de invasión, desgastes y artillería no es precisamente lenguaje tibio.
El argumento de la importancia estratégica del territorio se repitió con insistencia. La cercanía con Boyeros y sus vías de acceso fue presentada como un factor clave dentro de la lógica defensiva. La idea de fondo: Cerro como pieza sensible en un tablero de confrontación hipotética.
Sin embargo, lo que más ruido generó fue la referencia directa al armamento de la población. La afirmación de que el pueblo debe “tener un arma para combatir” resuena de forma distinta en un país donde la preocupación principal de muchos ciudadanos no es una invasión extranjera, sino conseguir comida o electricidad.
Las imágenes transmitidas reforzaron la estética de tensión permanente. Prácticas de arme y desarme, ejercicios de tiro y despliegues tácticos volvieron a ocupar pantalla. Una puesta en escena que, lejos de ser nueva, forma parte del libreto político repetido durante décadas.
Todo esto ocurre en un contexto donde la crisis económica y energética golpea con fuerza. Para buena parte de la población, la retórica bélica contrasta brutalmente con una realidad dominada por carencias muy concretas y urgencias domésticas.
Así, entre consignas defensivas y simulacros militares, el discurso oficial insiste en un enemigo que no aparece, mientras los problemas visibles siguen ahí, tercos e imposibles de ocultar. En la Cuba actual, la batalla más dura no se libra en hipotéticos frentes de guerra, sino en la rutina diaria.










