La tranquilidad del exclusivo Reparto Kohly, en La Habana, se rompió de golpe tras un operativo de la Policía Nacional Revolucionaria en la vivienda de René González, figura emblemática de la narrativa oficial y presentado durante años como uno de “Los Cinco Héroes”. Lo que inicialmente fue movimiento policial y curiosidad vecinal terminó revelando un episodio tan insólito como incómodo para el discurso del régimen.
Según explicó Juan Juan Almeida en su canal de YouTube, en la casa del exagente se produjo un robo. Hasta ahí, una noticia que en cualquier país sería rutinaria. Pero en la Cuba real, donde la inseguridad crece mientras el Estado insiste en vender una imagen de control absoluto, el detalle marcó la diferencia: los intrusos no solo sustrajeron pertenencias, también embadurnaron paredes con excremento.
El propio Almeida describió la escena con una mezcla de asombro e ironía, señalando que los responsables “se llevaron algunas cosas, pero dejaron bastante ADN”. Más allá del comentario, la imagen es potente: una residencia vinculada a una de las figuras propagandísticas del castrismo convertida en escenario de vandalismo grotesco.
Como si el acto no fuera ya suficientemente perturbador, en el lugar apareció un cartel con la palabra “pagaras”. La ausencia del acento desató especulaciones. ¿Una amenaza directa? ¿Un gesto de rabia? ¿Una burla deliberada? En un país donde el descontento social se respira en la calle, el mensaje adquiere inevitablemente un tono simbólico.
Almeida también detalló el despliegue policial. Patrullas de la PNR y un vehículo de criminalística se presentaron en la zona, retirándose horas después. Sin embargo, no ha existido confirmación oficial ni información pública sobre la investigación, una opacidad que ya es marca registrada del sistema cubano cuando los hechos no encajan cómodamente en la narrativa estatal.
El episodio vuelve a poner sobre la mesa una realidad que el aparato propagandístico intenta maquillar: la criminalidad y el deterioro social avanzan incluso en zonas privilegiadas. Ni los rostros ensalzados por la propaganda parecen estar al margen de una crisis que atraviesa todos los niveles de la vida nacional.
La historia de René González, recordado por su papel en la Red Avispa y su posterior elevación a categoría de héroe por el Gobierno, siempre ha estado cargada de polémica. Pero esta vez la controversia no surge de la política ni del espionaje, sino de algo mucho más terrenal: la fragilidad de la seguridad interna en un país que presume de orden revolucionario.
En medio de apagones, escasez y tensiones crecientes, el suceso adquiere un matiz inevitablemente político. Porque cuando ni las figuras más protegidas por el relato oficial escapan a la delincuencia, el contraste entre propaganda y realidad se vuelve imposible de disimular.










