El régimen cubano volvió a chocar con la realidad. Esta vez, uno de sus eventos más vistosos y rentables, el Festival del Habano, quedó oficialmente pospuesto y sin nueva fecha. La edición XXVI, prevista para finales de febrero, fue enviada al congelador de manera indefinida.
La decisión se conoció a través de un mensaje interno al que accedió AFP. Allí, los organizadores hablaron de un aplazamiento, mientras Habanos S.A. intentó maquillar la noticia con el clásico lenguaje grandilocuente: que si “estándares de calidad”, que si “excelencia”, que si “experiencia”. Traducción al cubano de a pie: no hay condiciones para montar la fiesta.
No se trata de un evento cualquiera. El Festival del Habano es, desde hace años, una pasarela de lujo donde desfilan compradores, distribuidores, coleccionistas y prensa especializada de medio mundo. Un escaparate diseñado para vender la imagen de una Cuba exclusiva, glamorosa, casi de postal.
Uno de los momentos más lucrativos del encuentro suele ser la subasta de humidores y puros premium, cifras millonarias que el discurso oficial asegura destinar al sistema de salud. En 2025, según los reportes, la puja rondó los 19,5 millones de dólares. Un dineral que siempre levanta la misma ceja escéptica dentro de la Isla: si entra tanto dinero, por qué los hospitales siguen en ruinas.
El aplazamiento no ocurre en el vacío. Llega en medio de una crisis económica y energética que ya no admite eufemismos. Escasez de combustible, apagones interminables, falta de liquidez y un país entero funcionando a trompicones. La propaganda puede inventar consignas, pero no gasolina.
Fuentes vinculadas al evento deslizaron que la suspensión venía cocinándose desde hace tiempo. La razón real apunta a la “situación general” del país, esa expresión diplomática que evita decir lo obvio: Cuba atraviesa un deterioro estructural que ni sus sectores estrella logran disimular.
La ironía es difícil de ignorar. Apenas un año antes, el mismo festival fue escenario de una fastuosa gala en el Capitolio de La Habana. Luces, trajes elegantes, vitolas exclusivas y un mensaje implícito de prosperidad que contrastaba brutalmente con la cotidianidad del cubano promedio, atrapado entre colas, apagones y salarios pulverizados.
En aquel entonces, Habanos S.A. presumía cifras récord de ventas y celebraba el crecimiento del negocio. Meses más tarde, las autoridades volvían a sacar pecho con reportes optimistas sobre la producción de tabaco torcido para exportación. El libreto habitual: todo marcha de maravilla, aunque el país se caiga a pedazos.
Ahora, la pausa indefinida del Festival del Habano en 2026 expone una grieta incómoda para el relato oficial. Si incluso uno de los productos más rentables y simbólicos de la economía cubana tropieza, el mensaje es claro: la crisis no es coyuntural ni pasajera.
Porque cuando ni la industria del lujo logra sostener la escenografía, queda al desnudo lo que millones de cubanos conocen de sobra. La desconexión entre el discurso triunfalista del poder y la dura vida diaria en la Isla ya no cabe debajo de la alfombra.










