Abundacia de comida en los hoteles de Varadero contrasta con la escasez, el hambre y los apagones que sufre el cubano de a pie

Redacción

En una Cuba marcada por la crisis económica, la escasez de alimentos y apagones interminables, una simple publicación en Facebook bastó para volver a encender un debate que lleva años hirviendo. Esta vez, el protagonista fue un turista extranjero que describió una experiencia muy distinta a la que viven a diario millones de cubanos.

El usuario identificado como Chris Harvey compartió en el grupo Cuba Vacations & Resort Reviews una reseña breve sobre su estancia en el hotel Sol Palmeras, en Varadero. Nada fuera de lo común para un foro de viajeros… salvo por el contraste brutal con la realidad del país.

Según su relato, en el desayuno no faltaba prácticamente nada. Comentó que había una persona preparando huevos al momento y suficiente mantequilla para acompañar el pan. Un detalle que, visto desde dentro de la isla, suena casi a lujo exótico.

La impresión continuó durante el resto del día. Harvey aseguró que tanto en el almuerzo como en la cena había carnes de res, cerdo y pollo cocinadas en el instante, además de papas fritas y varias opciones de pizza. Todo presentado como parte de una oferta normal de hotel.

El visitante también destacó la limpieza de las habitaciones, la disponibilidad de toallas de playa que podían cambiarse diariamente y la existencia de suficientes sillas en la costa para todos los huéspedes. Nada de madrugar para “marcar territorio”. Su veredicto final fue corto y directo: “sin quejas”.

El problema no está en lo que dijo el turista. El verdadero ruido surge cuando ese testimonio se coloca frente a la vida cotidiana del cubano promedio. Porque mientras en Varadero la electricidad fluye sin sobresaltos y los bufés lucen rebosantes, en buena parte del país la escena es otra muy distinta.

En numerosos barrios, las familias pasan horas —a veces más de medio día— sin corriente. Refrigeradores apagados, alimentos echándose a perder y rutinas completamente alteradas. La escasez no es una percepción, es una constante que marca cada jornada.

El sector turístico, sin embargo, parece vivir en una burbuja paralela. Hoteles con suministro estable, acceso a productos difíciles de ver en mercados estatales y servicios que rara vez sufren los cortes que asfixian a la población. Dos Cubas conviviendo en la misma isla.

La estrategia del modelo económico cubano no es un secreto. La prioridad sigue siendo la captación de divisas a través del turismo internacional, una de las principales fuentes de ingresos del Estado. El problema es el costo social de esa apuesta.

Críticos del sistema señalan que esta dinámica ha profundizado la desigualdad. Quienes operan o consumen en dólares acceden a bienes y estabilidad. Quienes dependen exclusivamente de salarios en moneda nacional enfrentan precios imposibles y anaqueles vacíos.

El contraste entre la abundancia en instalaciones turísticas y la precariedad en los hogares cubanos ya no sorprende, pero sigue indignando. Cada foto de un bufé lleno, cada comentario de un visitante satisfecho, funciona como recordatorio incómodo de una realidad partida en dos.

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