Estados Unidos está considerando enviar pequeñas cantidades de combustible a Cuba para mantener en marcha los servicios básicos

Redacción

En medio del caos energético que tiene a Cuba caminando en apagones interminables, al borde del colapso del transporte y con la economía prácticamente de rodillas, surgió un rumor con mucha pólvora: Estados Unidos podría estar evaluando enviar pequeñas cantidades de combustible a la isla.

La noticia la destapó la revista británica The Economist, que aseguró —citando fuentes propias— que Washington estaría considerando mandar gas para cocinar y diésel para mantener en marcha lo más básico: como el bombeo de agua, allí donde la crisis pega más duro.

Este posible envío es un giro curioso dentro de la relación bilateral, sobre todo si se tiene en cuenta que apenas días antes, el 29 de enero, la administración Trump impuso un embargo efectivo a los envíos de petróleo hacia Cuba desde terceros países, con la advertencia de aplicar aranceles a quien se atreva a comercializar combustible con la isla. Una medida que vino directamente después de la captura de Nicolás Maduro y del corte de crudo desde Venezuela, lo que dejó al régimen cubano sin su principal salvavidas energético.

Las autoridades de La Habana no han podido ocultar el deterioro: se declaró emergencia energética, se redujeron horarios escolares, se habla de semanas laborales comprimidas y el transporte público de golpe parece un lujo olvidado. Las aerolíneas han tenido que cancelar vuelos por falta de combustible. El turismo —uno de los pocos motores que quedaban— se atraganta con la escasez. Y para completar el combo, en varias zonas ya se reportan apagones que superan las 15 horas diarias.

Si la propuesta estadounidense llegara a concretarse, no sería para levantar sanciones ni abrir un grifo regular de petróleo. Nada de eso. La idea sería una asistencia puntual para evitar que la situación humana empeore aún más, especialmente en sectores como servicios de agua potable, hospitales y otros elementos clave para la sobrevivencia de la población.

The Economist enfatiza que esta medida —de realizarse— no vendría sola, sino en paralelo con la continuación de la presión política y económica sobre el régimen cubano. O sea: ayuda mínima para la gente, pero sin soltar el brazo al castrismo, que sigue siendo el principal obstáculo para cualquier mejora real en la vida de los cubanos.

Este enfoque abre un nuevo escenario en la relación entre Washington y La Habana, donde las sanciones energéticas se mantienen, pero se pondera una asistencia limitada para apagar el fuego más urgente de la crisis. En otras palabras, EE.UU. podría estar combinando más presión con una mano tendida simbólica, todo mientras el castrismo sigue sin resolver sus propias contradicciones.

En la Cuba de hoy, el combustible ya no es solo gasolina para los autos, es el alma de cualquier servicio básico. Sin él no hay agua corriente constante, no hay transporte, no hay producción. Y mientras el régimen se encierra en su propio laberinto de incompetencia, ideas como esta —aunque pequeñas— empiezan a circular con fuerza entre los cubanos que llevan años aguantando los peores apagones de sus vidas.

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