Cuba vuelve a tropezar con un fantasma que muchos creían enterrado en los años más duros de su historia reciente. En medio de lo que ya se percibe como la peor crisis económica y energética en décadas, el régimen anunció la entrada en la llamada “Opción Cero”, un plan de contingencia que suena más a retroceso que a solución.
La medida, lejos de ser un simple ajuste técnico, revela la magnitud del colapso que enfrenta la isla. La escasez de combustible ha alcanzado niveles tan críticos que el gobierno se ha visto obligado a revivir un esquema concebido en los años 90, cuando el país se hundía en el Período Especial tras la caída del bloque soviético.
De acuerdo con reportes de medios internacionales, el deterioro del panorama energético se intensificó tras recientes movimientos en el tablero geopolítico. Las restricciones impulsadas desde Washington endurecieron aún más el acceso de Cuba a los mercados de combustible, complicando una situación que ya venía cuesta abajo y sin frenos.
A esto se sumó el abrupto corte de suministros petroleros desde Venezuela, aliado histórico del castrismo. Sin ese salvavidas, la maquinaria estatal quedó todavía más expuesta, arrastrando consigo transporte, servicios básicos y buena parte de la actividad económica.
La llamada “Opción Cero” no es un invento nuevo. Fue diseñada bajo la égida de Fidel Castro como un escenario de supervivencia extrema ante un país sin petróleo. En esencia, propone racionamiento severo, dependencia de la producción local y el uso de alternativas rudimentarias que recuerdan tiempos que los cubanos no evocan precisamente con nostalgia.
En la práctica, este esquema implica ajustar la vida diaria a la carencia. Menos combustible, menos movilidad, más restricciones. Una lógica que ya se traduce en apagones prolongados, transporte público intermitente y un ritmo de vida marcado por la incertidumbre.
Miguel Díaz-Canel intentó maquillar el golpe con anuncios tranquilizadores. Prometió garantizar una cuota básica de arroz por persona y priorizar el consumo de lo que se produzca en cada territorio. Un discurso repetido hasta el cansancio, que para muchos ciudadanos suena más a consigna que a garantía real.
Porque la realidad en la calle cuenta otra historia. Testimonios de residentes en varias provincias describen mercados vacíos, entregas irregulares de productos esenciales y una cartilla de racionamiento que apenas alcanza para sobrevivir unos días. El desabastecimiento dejó de ser coyuntural; ya es parte estructural del paisaje.
El impacto de la crisis energética se siente en todos los sectores. Más del país queda a oscuras en horarios de alta demanda, mientras universidades, servicios y actividades médicas sufren interrupciones constantes. La vida cotidiana se reorganiza no por planificación, sino por apagones.
La falta de combustible ha golpeado incluso al sector turístico, uno de los pilares de captación de divisas del Estado. Hoteles cerrados, vuelos cancelados y operaciones reducidas reflejan hasta qué punto la crisis atraviesa áreas que antes parecían blindadas.
El sistema sanitario tampoco escapa al deterioro. La escasez de medicamentos, las limitaciones logísticas y la reducción de recursos exponen un panorama delicado, especialmente en un país donde la salud pública ha sido durante años una de las banderas propagandísticas del régimen.
A la tormenta se suma una inflación descontrolada. El peso cubano continúa perdiendo valor en el mercado informal, erosionando aún más el poder adquisitivo de una población atrapada entre salarios simbólicos y precios imposibles. Trabajar ya no garantiza cubrir lo básico.
Frente a este escenario, el discurso oficial insiste en presentar la “Opción Cero” como una muestra de resistencia nacional. La narrativa apela al sacrificio, la soberanía y la resiliencia, aunque para buena parte de la ciudadanía el anuncio despierta recuerdos amargos y más dudas que certezas.
Para muchos cubanos, el término no evoca estrategia ni fortaleza, sino privaciones extremas, apagones interminables y una economía de subsistencia. La pregunta que flota en el ambiente no es retórica: ¿puede el país soportar otra etapa de racionamiento radical sin que el malestar social escale aún más?
Mientras la cúpula gobernante habla de reorganización y aguante, la población enfrenta jornadas de más de 15 horas sin electricidad, colas interminables y un deterioro palpable de la calidad de vida. La crisis ya no es solo económica ni energética; es profundamente social.
En la Cuba actual, la “Opción Cero” no se percibe como un plan, sino como la confirmación de un fracaso acumulado. Un reconocimiento implícito de que, tras décadas de control absoluto, el sistema apenas logra ofrecer respuestas a un país exhausto.










