A sus 79 años, Julia Benítez vive atrapada en una confusión constante. Hay días en que reconoce a su hija durante una videollamada y esboza una sonrisa que dura segundos. En otros momentos, cree estar hablando con su propia madre, como si el tiempo no hubiera pasado y Cuba siguiera siendo su única geografía. Pero entre recuerdos rotos y silencios largos, hay una frase que se repite como un eco doloroso: quiere saber cuándo la van a liberar.
El caso, expuesto por Arizona Daily Star, describe una escena difícil de digerir. Una mujer cubana solicitante de asilo, encerrada desde hace nueve meses en el Centro de Detención de Eloy, Arizona, mientras la demencia en fase temprana avanza sin pedir permiso. La historia no solo estremece por la edad, sino por el contraste brutal entre la fragilidad de Julia y la rigidez del sistema que la mantiene bajo custodia de ICE.
Julia cruzó la frontera sur cerca de Lukeville buscando protección. No llegó escondida ni huyendo de la ley, sino intentando acogerse a ella. Según su hija, Dayana Cosme Benítez, residente legal en Miami, en aquel momento los olvidos eran esporádicos, pequeños lapsus que parecían parte natural del envejecimiento. Hoy la realidad es otra: Julia muchas veces no sabe dónde está ni por qué permanece detenida.
Dayana lo resume con una mezcla de impotencia y tristeza. Cuenta que su madre pasa gran parte del tiempo en una silla de ruedas que nunca necesitó antes del arresto. Dentro del centro, otras detenidas la llaman “la abuela” y la ayudan con gestos cotidianos que dicen más que cualquier discurso oficial. La acompañan al comedor, le tienden la mano en el baño, la auxilian para conectar una videollamada. Humanidad entre rejas, solidaridad entre desconocidas.
El deterioro de Julia no es únicamente mental. Su diabetes se ha vuelto inestable, la presión arterial se dispara y recientemente tuvo que ser aislada por una influenza severa. Para su hija, el diagnóstico es claro y demoledor: la mejor medicina que podría recibir ahora mismo es estar rodeada de su familia, lejos del estrés y la desorientación del encierro.
Pero la raíz del drama se hunde mucho más atrás, en una Cuba que nunca dejó de perseguir a esta familia. En 1991, el esposo de Julia, Daniel Cosme Ramos, murió a manos de guardias fronterizos cubanos cuando intentaba escapar por mar. Durante años, la incertidumbre fue la única respuesta. Cinco años de búsqueda, de preguntas sin eco, hasta que —según documentación del Archivo Cuba— un miembro de la propia guardia reveló que habían sido capturados y ejecutados. Una desaparición forzada que marcó a la familia para siempre.
Tras denunciar el hecho, Julia y su hija aseguran haber vivido bajo vigilancia, presiones y discriminación. La solicitud de asilo presentada en Estados Unidos recoge esa historia de miedo sostenido. Julia se definió como víctima directa de persecución por razones políticas, un relato tristemente familiar para miles de cubanos que han intentado rehacer su vida lejos del control estatal.
Dayana recuerda a su madre como una mujer vital, cariñosa, de esas que cosen vestidos para cumpleaños y se desvelan por los nietos. Una figura de sostén en medio del dolor. Por eso, verla hoy perdida, preguntando cada noche cuándo saldrá, tiene algo de tragedia íntima y absurda.
El viaje hacia Estados Unidos tampoco fue lineal. Julia planeaba utilizar un canal migratorio regular, pero —según su hija— el programa fue cancelado cuando ya se encontraba en México. Sin alternativas claras, terminó cruzando la frontera fuera de un puerto de entrada. Desde entonces, quedó sujeta a detención obligatoria y sin derecho a fianza.
ICE, de acuerdo con el reportaje, no explicó por qué no aplica discreción para concederle libertad condicional humanitaria. La agencia se limitó a señalar que los detenidos reciben atención médica adecuada. Una respuesta burocrática que poco consuelo ofrece cuando se contrasta con el avance visible de una enfermedad neurodegenerativa.
Las estadísticas revisadas por el medio estadounidense indican además un aumento de arrestos de personas mayores y una caída notable en las liberaciones discrecionales. Pero detrás de cualquier cifra hay rostros concretos, vidas reales. Para Dayana, el debate no es numérico ni ideológico. Es personal. Es su madre.
Cada noche, cuando la pantalla se apaga y la llamada termina, Julia regresa a su rutina de incertidumbre. Quiere abrazar a sus nietos. Quiere entender qué ocurre. Quiere recuperar una libertad que buscó al abandonar un país donde ya había perdido demasiado.










