Cubana rescata su horno solar usado durante el período especial en medio de la crisis de apagones y escasez de combustible en la isla

Redacción

Los apagones interminables y la falta de combustible siguen empujando a los cubanos a una rutina que parece sacada de los años más duros del Período Especial. En Trinidad, Yudit Vidal Faife decidió mirar hacia atrás para poder resolver el presente: rescató un viejo horno solar que llevaba décadas guardado y lo puso a trabajar en plena crisis energética.

La escena, que rápidamente llamó la atención en redes sociales, fue compartida por la propia Yudit en Facebook. En sus videos se le ve cocinando frijoles colorados únicamente con la energía del sol, una imagen que para muchos cubanos resulta dolorosamente familiar. No es nostalgia, es necesidad pura.

Mientras en buena parte del país la electricidad se esfuma durante horas y cocinar se convierte en un desafío diario, el horno solar reaparece como tabla de salvación doméstica. Yudit lo mostró sin rodeos, con la naturalidad de quien ya entiende que en Cuba cualquier solución, por rudimentaria que parezca, puede marcar la diferencia entre comer o no.

En uno de los videos, grabado en medio de otro corte eléctrico, la mujer soltó una frase que resume la cotidianidad de millones: estaban sin corriente, pero el sol —ese que no falla— seguía ahí. Minutos después, la olla cubierta de vapor confirmaba que el invento aún tenía vida.

Tras más de una hora de cocción, los frijoles finalmente estuvieron listos. No alcanzaron la presión de una olla convencional, pero hirvieron. Y en la Cuba actual, donde hasta hervir alimentos puede ser un lujo, eso ya es victoria. Cocinar sin depender del gas ni de la electricidad se ha convertido en un acto de resistencia diaria.

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Detrás del artefacto hay también una historia que conecta generaciones. El horno llegó a la isla en los años noventa, traído desde Canadá en pleno colapso económico. Fue un regalo familiar, conservado durante décadas como una rareza casi simbólica de aquellos tiempos en que sobrevivir requería ingenio constante.

Treinta y seis años después de su entrada a Cuba, Yudit lo utilizó por primera vez. Y, según contó, el equipo respondió “como el primer día”. La frase, más allá de lo anecdótico, deja un mensaje incómodo: en un país que se proclama en eterna “resistencia creativa”, las soluciones del pasado no solo regresan, sino que vuelven a ser imprescindibles.

La imagen del horno solar funcionando en 2026 no es simplemente curiosa. Es un reflejo brutal de la realidad nacional. Cuba no avanza hacia nuevas alternativas energéticas para sus ciudadanos; retrocede hacia mecanismos de supervivencia.

Hoy, en medio de otra crisis profunda, muchos hogares vuelven a depender de inventos, remiendos y recuerdos tecnológicos de los años noventa. Cocinar con leña, improvisar generadores, adaptar equipos viejos. La creatividad cubana, tantas veces celebrada por la propaganda oficial, en realidad es la respuesta obligada a un sistema incapaz de garantizar lo básico.

Yudit reconoce que existen modelos más modernos en el mercado internacional, pero se muestra satisfecha con el suyo. No hay ironía más cruda: en la isla, que alguien logre cocinar gracias a un artefacto de hace tres décadas ya es motivo de alivio.

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