La crisis de combustible en Cuba vuelve a pasar factura, y esta vez no a un actor menor. La minera canadiense Sherritt, el socio extranjero más importante del Estado cubano en la explotación de níquel y cobalto, anunció la suspensión temporal de sus operaciones en la isla, dejando al descubierto hasta qué punto la escasez energética está asfixiando sectores estratégicos.
La decisión, divulgada por la agencia EFE, confirma que la compañía detendrá sus actividades mineras en el oriente del país y colocará en modo de espera la planta de procesamiento en Moa. Oficialmente, el parón servirá para ejecutar trabajos de mantenimiento. En la práctica, el detonante es otro: no hay combustible suficiente para sostener la producción.
Según explicó la empresa, las autoridades cubanas notificaron que las entregas de diésel previstas para la planta simplemente no se cumplirán. Peor aún, no existe una fecha clara para la reanudación del suministro. En el contexto cubano, esa incertidumbre suele traducirse en semanas —o meses— de inactividad.
Mientras en Cuba las máquinas se apagan, Sherritt intenta ganar tiempo desde Canadá. Su refinería de níquel y cobalto en Alberta dispone de materia prima para operar con normalidad hasta mediados de abril. Más allá de ese horizonte, todo dependerá de una cadena de suministro condicionada por la inestabilidad crónica de la isla.
La compañía adelantó además que revisará sus previsiones empresariales para 2026 cuando tenga un panorama más definido. Traducido al lenguaje corporativo: nadie puede proyectar seriamente en un entorno donde la energía es un lujo y la logística una ruleta.
No es la primera señal de alarma. Ya en enero, Sherritt había reconocido que enfrentaba “desafíos operativos significativos” en Cuba, una fórmula diplomática para describir una realidad mucho más dura: crisis económica profunda, falta de divisas y un sistema energético incapaz de garantizar estabilidad mínima.
Los números lo evidencian sin maquillaje. En 2025, la producción de Moa Nickel S.A. cayó de forma notable. La planta mixta registró 25.240 toneladas de níquel y 2.729 de cobalto, muy por debajo de los resultados de 2024. La tendencia no solo rompió expectativas, sino que confirmó el deterioro acelerado del principal polo minero del país.
Sherritt atribuyó el desplome a factores que ya forman parte del paisaje económico cubano: apagones, retrasos en la compra de insumos, falta de repuestos y vulnerabilidad ante eventos climáticos. El huracán Melissa, en octubre, añadió daños e interrupciones a una operación que ya venía tambaleándose.
El trasfondo resulta difícil de ignorar. Cuba posee algunas de las mayores reservas mundiales de níquel, un metal clave para la industria de baterías y la transición energética global. Sin embargo, la riqueza geológica contrasta con una realidad productiva marcada por la escasez, la ineficiencia y la dependencia absoluta del combustible importado.
Tres décadas después de la llegada de Sherritt a la isla, la paradoja es brutal. Un país con recursos estratégicos, pero sin energía para explotarlos. Una industria vital, pero sometida a un modelo económico que ahoga la producción en lugar de impulsarla.










