Las palabras del presidente Donald Trump volvieron a encender el debate sobre Cuba. Esta vez no fue una sanción ni un discurso de campaña, sino una frase lanzada a miles de pies de altura, a bordo del Air Force One, que dejó a más de uno con la ceja levantada.
“Estamos hablando con Cuba ahora mismo. Marco Rubio está hablando con Cuba”. Así, sin rodeos, Trump confirmó ante la prensa que existen contactos en curso con La Habana, en medio del caos energético que tiene a la Isla sumida en apagones, escasez de combustible y una economía en estado crítico.
La declaración, breve pero explosiva, abre un nuevo capítulo en una relación marcada durante años por la confrontación. Trump describió a Cuba como un país atrapado en una crisis severa, golpeado por la falta de recursos y las limitaciones económicas que hoy pesan sobre cada aspecto de la vida cotidiana.
Sin embargo, fiel a un patrón ya conocido, lo que más llamó la atención no fue lo que dijo, sino lo que no dijo. Ni una sola pista sobre el contenido de esas conversaciones, ni señales claras de si se trata de negociaciones formales o simples intercambios preliminares.
El contexto añade aún más tensión. Washington mantiene un endurecimiento sostenido de la presión económica sobre el régimen cubano, especialmente en el terreno energético, donde las restricciones han estrechado todavía más el margen de maniobra de un gobierno incapaz de garantizar estabilidad eléctrica o suministro regular de combustible.
En la práctica, Cuba atraviesa una tormenta perfecta. Apagones interminables, transporte paralizado, inflación desatada y una población exhausta. En ese escenario, cualquier mención a posibles diálogos con Estados Unidos genera expectativas, sospechas y no poca desconfianza.
Trump insinuó que un eventual acuerdo podría resultar beneficioso para ambas partes, con impacto incluso en la estabilidad regional y en la comunidad cubanoamericana. Pero, como suele ocurrir cuando se habla de Cuba, las incógnitas superan con creces a las certezas.
Para muchos observadores, la pregunta inevitable es qué podría estar dispuesto a negociar el régimen. Un sistema que históricamente ha utilizado las crisis internas como argumento político hacia el exterior, mientras mantiene intacto su modelo de control, restricciones y ausencia de reformas estructurales.
Mientras tanto, dentro de la Isla, la realidad sigue siendo mucho menos diplomática. La crisis energética no es una abstracción geopolítica, sino la falta de luz, de transporte, de opciones. Y en ese día a día, los anuncios, las conversaciones y los gestos internacionales rara vez se traducen en alivio tangible.
Por ahora, lo único claro es que las palabras de Trump han movido el avispero. Lo demás, como casi todo en la historia reciente de Cuba, permanece envuelto en la niebla de la política y el hermetismo.










