El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a poner a Cuba en el centro de la escena internacional con comentarios que mezclan advertencia, política y diplomacia en tiempos de crisis. A bordo del Air Force One, durante un intercambio con la prensa, Trump dejó claro que Washington no descarta nada, aunque por ahora no ve necesario ir más allá de las palabras.
Ante las cámaras y micrófonos, el mandatario habló sin tapujos del deterioro que enfrenta la Isla, marcado por la falta de combustible, los apagones interminables y una crisis económica que ya muchos consideran humanitaria. “No tienen ni para que despeguen los aviones. Están obstruyendo su pista”, dijo con su estilo directo al referirse al colapso energético que asfixia a Cuba.
Más allá de la retórica, Trump confirmó que desde Washington ya hay contactos directos con el gobierno cubano y que el secretario de Estado, Marco Rubio, está hablando con La Habana en medio de ese contexto de crisis. “Estamos hablando con Cuba ahora mismo. Marco Rubio está hablando con Cuba ahora mismo”, insistió, subrayando que existe un diálogo en marcha —aunque evitó ofrecer detalles sobre su contenido o alcance real.
La escena no puede desligarse de la presión económica que Estados Unidos ha ejercido en las últimas semanas. Con medidas energéticas más duras y sanciones orientadas a limitar la entrada de petróleo y financiamiento en la isla, Washington ha estrechado el cerco sobre el régimen cubano, en un intento por forzar cambios estructurales, según analistas regionales.
Trump agregó que llegar a un acuerdo sería beneficioso no solo para aliviar la crisis sino también para la comunidad cubanoamericana, que —según él— ha vivido décadas de sufrimiento debido a las políticas represivas de La Habana. Mencionó que un entendimiento podría facilitar que muchas familias finalmente se reencuentren, un tema particularmente sensible entre quienes llevan años sin ver a sus seres queridos.
A pesar de ese tono algo conciliador, el presidente también dejó una frase inquietante en el aire cuando se le preguntó si consideraría una operación militar similar a la que su administración llevó a cabo en Venezuela. Evitó confirmar nada, pero no ocultó la posibilidad: “Si lo hiciera, no sería una operación muy difícil, pero no creo que sea necesario” fueron sus palabras, abiertas a interpretación y capaces de alimentar especulaciones.
Ese comentario llega en un momento en que la crisis en Cuba ha sido descrita no solo como energética y económica, sino también como política y social. La presión internacional, los apagones que prolongan la oscuridad en barrios enteros y la escasez de productos básicos han convertido a la Isla en un caso emblemático de lo que puede pasar cuando un régimen se aferra al poder sin ofrecer soluciones tangibles a su pueblo.
La respuesta oficial de La Habana, como era de esperarse, ha sido de rechazo a lo que califica como “política de asedio” de Washington, aunque no ha detallado si está dispuesta a comprometerse en condiciones que impliquen cambios estructurales o concesiones políticas significativas.
En la práctica, esta mezcla de presión, gestos y amenazas deja a Cuba en una encrucijada. Por un lado, una administración estadounidense dispuesta a mantener contactos directos; por otro, un régimen cada vez más aislado y debilitado por los efectos acumulados del embargo energético y económico.
Para muchos observadores críticos, la jugada de Trump no es una simple conversación diplomática. Es una forma de apretar al régimen cubano desde múltiples ángulos, exponiendo no solo su vulnerabilidad estructural, sino también la incapacidad de sus líderes para sostener una narrativa de fortaleza frente a la adversidad real que vive la población.










