Bombazo: Revelan que Marco Rubio está en conversaciones directas con Raúl Guillermo Rodríguez ‘El Cangrejo’ para un cambio de sistema en Cuba

Redacción

La política cubana volvió a quedar patas arriba tras la bomba informativa que soltó Axios. El reporte asegura que Marco Rubio mantiene contactos discretos con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, nieto y figura de absoluta confianza de Raúl Castro. No es un detalle menor. Es dinamita pura en medio del delicado tablero geopolítico que rodea a Cuba.

Según las fuentes citadas, las conversaciones se desarrollan fuera de los canales diplomáticos tradicionales. Traducido al cubano de a pie: Washington no está hablando con Miguel Díaz-Canel. Y cuando la Casa Blanca ignora al presidente formal, el mensaje es más claro que un apagón en agosto: el poder en la isla sigue orbitando alrededor del entorno militar y del apellido Castro.

Desde la administración estadounidense insisten en que no se trata de “negociaciones”, sino de intercambios sobre escenarios futuros. Pero en política, las palabras suelen ser maquillaje. Lo relevante aquí es otra cosa: EE.UU. reconoce de facto dónde se toman las decisiones en Cuba, algo que el discurso oficial intenta esconder bajo toneladas de retórica.

El contexto no puede ser más incómodo para La Habana. La crisis energética, la falta de combustible, el deterioro económico y el descontento social han convertido la cotidianidad cubana en una carrera de obstáculos. En ese escenario, Washington parece apostar por hablar directamente con quienes controlan los resortes reales del sistema, no con quienes ocupan el cargo decorativo.

La revelación expone una contradicción que en Cuba muchos comentan en voz baja desde hace años. Mientras la propaganda vende la imagen de Díaz-Canel como máximo líder, la arquitectura del poder sigue firmemente anclada al núcleo duro del castrismo y al aparato empresarial-militar. Nada nuevo para los cubanos. Sí devastador para la narrativa oficial.

Lo más llamativo no es solo con quién se habla, sino a quién se evita. El silencio implícito hacia el Palacio de la Revolución retrata una realidad incómoda: la figura presidencial no es vista como actor decisivo en el ajedrez político internacional. En otras palabras, la interlocución se mueve hacia el círculo donde realmente se cortan los hilos.

La Habana, que durante semanas ha negado contactos directos, queda atrapada en su propio libreto. Porque si algo sugiere esta exclusiva es que el diálogo —formal o no— no pasa por las vitrinas institucionales, sino por las estructuras de poder que han dominado Cuba durante décadas.

En medio de apagones, escasez y desgaste estructural, la señal es inequívoca. Las potencias no conversan con símbolos, conversan con quienes mandan. Y esa diferencia, en la Cuba de hoy, pesa más que cualquier consigna.

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