El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, aterrizó en Moscú en una visita oficial cargada de simbolismo y urgencia. El plato fuerte del viaje será un cara a cara con Vladímir Putin, justo cuando Cuba atraviesa una de sus peores crisis energéticas en décadas, con apagones interminables y una economía que no levanta cabeza.
Desde el Kremlin no dejaron espacio para la improvisación. La reunión fue confirmada para este miércoles, en un gesto que Moscú presentó como estratégico. Dmitri Peskov, portavoz presidencial ruso, destacó el peso político del encuentro y lo enmarcó en lo que describió como “momentos difíciles” para la isla caribeña.
En su habitual comparecencia telefónica, Peskov insistió en la narrativa que Rusia ha sostenido durante años. Reiteró el rechazo de Moscú a las sanciones de Estados Unidos y defendió el apoyo al gobierno cubano. Según sus palabras, Rusia valora profundamente la relación bilateral y mantiene la intención de ampliarla, incluyendo la asistencia a sus aliados.
El mensaje fue diplomático, pero el trasfondo resulta evidente. Cuba necesita combustible, divisas y estabilidad. Rusia, por su parte, refuerza su presencia geopolítica en un escenario internacional cada vez más tenso. Ambos gobiernos se necesitan, aunque por razones muy distintas.
Viaje sin reflectores y mutismo oficial en La Habana
Lo más llamativo del episodio no fue la visita en sí, sino el silencio casi absoluto desde Cuba. Ni el Ministerio de Relaciones Exteriores, ni la Presidencia, ni el propio canciller habían anticipado públicamente el viaje. Una discreción que no pasa inadvertida tratándose de un desplazamiento al más alto nivel político.
Hasta bien avanzada la jornada, los canales oficiales apenas mostraban actividad relacionada con el tema. En redes sociales, las últimas publicaciones del canciller y del MINREX giraban en torno a felicitaciones por el inicio del Ramadán. Ni rastro inmediato del arribo a Moscú, pese a la relevancia del contexto.
Solo el sitio web del MINREX rompió parcialmente el mutismo con una breve nota sobre los primeros movimientos de Rodríguez en Rusia. El contraste entre la magnitud del encuentro y la parquedad informativa vuelve a alimentar cuestionamientos sobre la transparencia institucional en la Isla.
El hermetismo no es un detalle menor. Cuba vive una situación crítica, marcada por apagones masivos, escasez de combustible y crecientes tensiones sociales. En ese escenario, cualquier gestión diplomática vinculada al suministro energético adquiere un interés público indiscutible.
Primeros contactos en la Duma Estatal
Antes del esperado encuentro con Putin, Bruno Rodríguez abrió su agenda con una parada en la Duma Estatal. Allí fue recibido por Iván Melnikov, vicepresidente primero del órgano legislativo ruso, en un intercambio que ambas partes describieron en términos de cordialidad y cooperación.
La versión oficial habló de relaciones bilaterales sólidas y de un clima favorable entre los parlamentos de ambos países. Rodríguez agradeció el respaldo ruso en medio de las dificultades económicas cubanas, repitiendo un guion que La Habana suele vincular al embargo estadounidense.
Desde la parte rusa, Melnikov envió saludos a las figuras centrales del poder en Cuba, incluyendo a Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel y Esteban Lazo. Gestos diplomáticos habituales, aunque cargados de lectura política en un momento donde la dependencia externa de la economía cubana resulta cada vez más visible.
Más allá de los comunicados, la escena deja una imagen difícil de ignorar. Mientras millones de cubanos lidian a diario con la falta de electricidad y transporte, la cúpula gubernamental intensifica sus gestiones internacionales en busca de alivio. La crisis ya no es un titular: es la rutina nacional.










