Cúpula de poder en Cuba mantiene silencio total tras filtrarse que Marco Rubio se encuentra en negociaciones directas con El Cangrejo

Redacción

La Presidencia de Cuba sigue sin abrir la boca sobre uno de los temas que más comentarios ha provocado dentro y fuera de la Isla. Las versiones que circulan sobre un supuesto intercambio entre Marco Rubio y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “El Cangrejo”, han chocado de frente con un silencio institucional que no pasa desapercibido.

Mientras distintos espacios informativos y voces en redes insisten en que existen conversaciones vinculadas al futuro político cubano, las cuentas oficiales del Gobierno han preferido mirar hacia otro lado. Ni confirmaciones, ni desmentidos, ni una frase tibia. Nada.

En las últimas horas, la agenda comunicacional del poder se movió en carriles previsibles. Fotos protocolares, notas diplomáticas, actualizaciones sobre programas estatales. La visita de Bruno Rodríguez a Rusia, mensajes del Ministerio de Salud, y los ya habituales anuncios sobre paneles solares para maquillar la crisis energética.

Pero del asunto que incendia el debate público, ni rastro. La omisión no es casual ni técnica. En Cuba, cuando el aparato oficial evita un tema sensible, el vacío informativo suele ser tan elocuente como cualquier declaración. El silencio también comunica.

El tema incluso incomodó a voces alineadas con la narrativa gubernamental. Pedro Jorge Velázquez, conocido en redes como “El Necio”, lanzó un reclamo directo pidiendo explicaciones. No fue un ataque opositor ni una crítica frontal. Fue una advertencia sobre los costos políticos de callar en medio de rumores de alto voltaje.

El señalamiento fue claro: independientemente del contenido de esas conversaciones, la falta de postura oficial abre la puerta a interpretaciones peligrosas. En otras palabras, cuando el poder no aclara, la especulación toma el control.

La reacción institucional fue inexistente. Ninguna respuesta, ningún matiz, ningún intento de enfriar la polémica. La maquinaria comunicativa del régimen continuó operando como si el debate no existiera. Como si las redes, una vez más, hablaran solas.

Sin embargo, en el ecosistema digital cubano el tema no se diluye. Al contrario, crece. Comentarios, teorías, sospechas. La conversación pública se alimenta precisamente de esa ausencia de información oficial. En un país acostumbrado a la opacidad, cada silencio genera más ruido que un titular.

Entre los mensajes más repetidos emergen lecturas que apuntan a tensiones internas. Se habla de nerviosismo en la cúpula, de fracturas en los círculos de poder, de figuras que intentan conservar control en medio de escenarios inciertos. El lenguaje del rumor ocupa el espacio que deja el Estado.

También reaparece una narrativa que lleva años rondando el imaginario político cubano. La idea de un liderazgo formal sin autonomía real, de estructuras donde las decisiones no siempre coinciden con los rostros visibles. Las redes, como suele ocurrir, amplifican esa percepción.

Más allá de la veracidad o no de las versiones en circulación, hay un elemento difícil de ignorar. La estrategia de silencio del régimen no reduce la polémica. La multiplica. En un entorno donde la credibilidad oficial ya arrastra desgaste crónico, callar no neutraliza, sino que alimenta la incertidumbre.

El resultado es un escenario cargado de preguntas sin respuesta. Un Gobierno que comunica actividad, pero evita el tema que domina la conversación ciudadana. Una opinión pública que observa, interpreta y llena los vacíos a su manera.

En la Cuba actual, donde la desconfianza hacia el discurso oficial es casi reflejo condicionado, el silencio no se percibe como prudencia. Se percibe como síntoma. Y cuando el poder parece incómodo para hablar, la sospecha se convierte en protagonista.

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