El Cangrejo… el heredero invisible del máximo poder en Cuba

Redacción

Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido en los corrillos del poder como “El Cangrejo”, no es un nombre cualquiera dentro del engranaje del sistema cubano. Su árbol genealógico lo coloca directo en la cúspide: nieto de Raúl Castro, hijo de Débora Castro Espín y del fallecido Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, la figura fuerte detrás de GAESA, el conglomerado militar que durante años ha manejado buena parte de la economía nacional como si fuera finca privada. No es solo parentesco, es linaje de poder.

Crecer bajo esa sombra no significa pasar inadvertido. Significa moverse con una red de protección que pocos, poquísimos en Cuba, pueden siquiera imaginar. GAESA, el pulpo empresarial del estamento militar, ha sido durante años sinónimo de control económico, opacidad y concentración de riquezas. En ese ecosistema, Rodríguez Castro no es espectador. Es parte del círculo duro, del club donde las crisis se observan desde lejos, con aire acondicionado y copa en mano.

Aunque su exposición mediática es mínima, su peso dentro del aparato estatal no lo es. Con apenas poco más de cuatro décadas, ostenta grado de teniente coronel del MININT y dirige la seguridad personal del propio Raúl Castro. No es un cargo decorativo. Es una posición estratégica, de confianza absoluta, donde se filtran accesos, se controlan cercanías y se administra el blindaje del núcleo histórico del régimen. Poder silencioso, pero poder al fin.

Lo que más ruido genera, sin embargo, no es su currículum militar, sino el contraste brutal entre su estilo de vida y la realidad de la Isla. Mientras la mayoría de los cubanos sobrevive entre apagones, escasez y salarios pulverizados, “El Cangrejo” aparece vinculado a celebraciones fastuosas, banquetes de lujo y escapadas exclusivas. Una postal repetida en la élite gobernante: abundancia arriba, resistencia forzada abajo.

Dentro y fuera de Cuba, su nombre ha sido asociado a ambientes que poco tienen que ver con la austeridad revolucionaria que tanto predica el discurso oficial. Imágenes aisladas, videos filtrados y testimonios dispersos lo muestran en escenarios de comodidad extrema. Nada ilegal en apariencia, pero profundamente irritante en un país donde el ciudadano común pelea por conseguir comida, transporte o electricidad.

Uno de los episodios más sensibles y comentados en espacios alternativos fue el accidente que marcó la vida de Yudelky Peña Fonseca. La joven madre sufrió lesiones devastadoras tras un choque ocurrido en Holguín en 2022. Versiones coincidentes apuntaron a Rodríguez Castro como conductor del vehículo implicado. Las secuelas físicas fueron graves. La respuesta institucional, prácticamente inexistente. Ni investigación pública ni transparencia.

El silencio oficial no sorprendió a nadie. En Cuba, cuando los nombres rozan la cúpula, la información suele evaporarse. La afectada denunció promesas incumplidas, ayudas que nunca llegaron y una supervivencia marcada por la precariedad. El contraste golpea duro: una víctima luchando por subsistir, mientras el presunto responsable permanece fuera del escrutinio público. Justicia selectiva, si acaso.

A la par, otra arista alimenta la polémica: sus movimientos en el extranjero. Panamá aparece con frecuencia en reportes periodísticos y comentarios de redes. Viajes reiterados, desplazamientos en aeronaves privadas y vínculos empresariales han despertado interrogantes inevitables. En un país donde salir al exterior es un lujo reservado, estos patrones no pasan inadvertidos.

Medios panameños han descrito un flujo constante de entradas y salidas, asociadas a aviones ejecutivos y entornos de alto perfil económico. Más allá del morbo, lo que realmente inquieta es el simbolismo. La élite del poder cubano moviéndose con comodidad internacional, mientras la mayoría de los ciudadanos ni siquiera puede costear un pasaje regional.

Las compras, inversiones y supuestas adquisiciones en territorio panameño, difundidas en investigaciones locales, refuerzan la narrativa de una clase dirigente desconectada del colapso interno. La escena resulta casi surrealista: Cuba atrapada en crisis energética crónica, y uno de los descendientes del poder desplazándose entre mercados y propiedades en el exterior.

Su entorno tampoco escapa al escrutinio. Figuras vinculadas a negocios, logística y operaciones comerciales aparecen orbitando su círculo. Videos en yates, encuentros en contextos de lujo y amistades estratégicas han sido material recurrente en debates digitales. Nada que los medios oficiales expliquen. Nada que el aparato estatal considere digno de aclarar.

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