La Fábrica de Sarcófagos de Santiago de Cuba fue elevada al pedestal de la épica laboral. Las autoridades la distinguieron con la condición de “Proeza Laboral”, destacando jornadas extendidas y continuidad productiva. El relato oficial intenta pintar resistencia, sacrificio y eficiencia en tiempos difíciles.
El periódico Sierra Maestra presentó al colectivo como garante de los servicios necrológicos en los nueve municipios santiagueros. Según la narrativa institucional, la producción no se ha detenido ni siquiera bajo apagones persistentes ni eventos climáticos adversos. Todo bajo control, según el libreto.
Pero fuera del discurso, la percepción ciudadana camina por otra acera. En redes sociales, desde hace meses, abundan quejas sobre la escasez de ataúdes y la calidad de algunos féretros. Por eso, cuando la prensa oficial habla de estabilidad productiva, más de uno levanta la ceja. La realidad no siempre coincide con la consigna.
La dirección de la fábrica defendió la situación de las materias primas. Aseguró que existe cobertura de insumos esenciales, aunque admitió tropiezos con ciertas medidas de puntillas. Un detalle técnico que, en la práctica, impacta directamente en la resistencia estructural de los sarcófagos.
El reporte oficial resalta cifras que buscan transmitir solidez. En determinados meses, afirman, se han fabricado más de mil unidades. La clave del rendimiento, según explican, ha sido la extensión de la jornada laboral y el aseguramiento de combustible y transporte. Una proeza que, curiosamente, depende de recursos escasos en el resto del país.
Como sello de aprobación política, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Administración Pública entregó su bandera de Proeza Laboral. El reconocimiento, cargado de simbolismo, llega en un contexto donde el sistema funerario cubano arrastra cuestionamientos en varias provincias.
El contraste no es menor. Mientras en Santiago se celebra la continuidad productiva, episodios recientes han dejado imágenes difíciles de ignorar. Uno de los más comentados fue el video viral que mostraba un féretro presuntamente confeccionado con materiales poco convencionales en Santa Ifigenia. Las críticas no tardaron en explotar.
El malestar no quedó ahí. En Holguín, familiares denunciaron haber improvisado un ataúd utilizando cartón y cinta adhesiva ante la ausencia total de féretros en una funeraria local. Escenas que parecen sátira negra, pero forman parte de testimonios reales.
Guantánamo tampoco escapó al escrutinio digital. Fotografías difundidas en redes exhibieron soluciones improvisadas y acabados precarios. Cada imagen reforzó una sensación que ya circula con fuerza entre la población: la precariedad alcanza incluso los servicios más sensibles.
En ese escenario, el término “proeza” adquiere un matiz incómodo. Mantener la producción en medio de la crisis energética puede ser un esfuerzo real para los trabajadores. Pero para muchas familias que enfrentan carencias en momentos de duelo, la palabra suena distante, casi ajena.
El problema de fondo no es solo industrial ni logístico. Es estructural. Cuba atraviesa una combinación de crisis económica, energética y de suministros que erosiona sectores enteros. El funerario, pese a su carácter esencial, no vive en una burbuja.
Así, la postal oficial de eficiencia santiaguera convive con relatos de escasez en otras regiones. Dos narrativas paralelas dentro de un mismo país. Una que se imprime en periódicos estatales y otra que circula sin filtros en redes sociales.










