Gasolina a precio de oro: En La Habana se vende el litro en el mercado negro hasta por 6000 pesos cubanos

Redacción

“El Período Especial va a parecer un ensayo suave comparado con lo que viene”. La frase no salió de un analista ni de un economista, sino de la cola diaria del mercado informal. Reldys Cordoví, habanero y transportista privado, la suelta mientras cierra un trato doloroso: 20 litros de gasolina a 6.000 pesos cada uno. Una operación que, en términos de salario estatal, equivale a un golpe seco al bolsillo.

Para Cordoví, el combustible no es un lujo. Es su herramienta de trabajo. Vive de mover cargas entre La Habana y las provincias centrales, trasladando productos agrícolas y paquetes enviados por cubanos en el exterior. Cada viaje es una apuesta financiera donde los números rara vez sonríen.

La matemática es cruel y no admite maquillaje. El consumo depende del estado del vehículo, pero en Cuba esa variable es una trampa. Piezas de repuesto escasas, motores fatigados, carreteras destrozadas. Más desgaste, más gasto, menos ganancia.

Cordoví lo resume sin tecnicismos. Una motocicleta en condiciones ideales puede rendir decentemente, pero la realidad es otra. Baches, desvíos, mecánica improvisada. La eficiencia energética se evapora en el asfalto roto.

Un envío reciente hacia Cienfuegos lo dejó casi en tablas. Invirtió una cifra que hace apenas unos años habría parecido absurda. El margen final fue tan estrecho que hablar de beneficio suena a chiste. Y en la Cuba actual, con lo que queda apenas se sobrevive.

La crisis del combustible no solo castiga a quienes viven del volante. También redefine la rutina de miles de habaneros. Llegar al trabajo, buscar alimentos, resolver gestiones básicas. Cada trayecto se convierte en una odisea logística y económica.

Caminar largas distancias dejó de ser una opción saludable para convertirse en necesidad obligada. La movilidad urbana, históricamente frágil, hoy roza el colapso. El transporte estatal se diluye. El privado se encarece.

Sandra Vadillo, vinculada al sector de mensajería informal, lo describe con ironía afilada. Los precios suben, el servicio público desaparece y la respuesta oficial se mantiene en el terreno de las consignas. Mucho discurso, poca guagua.

La tendencia es inevitable. Los boteros ajustan tarifas porque también enfrentan el mismo mercado inflacionario. Combustible caro, piezas caras, mantenimiento caro. Pretender lo contrario sería negar la lógica económica más elemental.

Vadillo apunta a un problema más profundo. Culpar a intermediarios, revendedores o transportistas privados ya no convence a nadie. La escasez persistente y la escalada de precios tienen raíces estructurales que el relato oficial evita nombrar.

En la calle circulan además rumores inquietantes. Se habla de encuentros entre autoridades de Transporte y conductores de vehículos eléctricos que hoy alivian parcialmente la movilidad capitalina. La incertidumbre genera nerviosismo entre choferes y clientes.

Aunque estos vehículos representan un respiro visible, su alcance es limitado. No sustituyen la capacidad operativa de la flota tradicional. La demanda supera ampliamente la oferta.

Ibrahim Domenech, vecino de La Habana, observa cómo las tarifas mutan casi a diario. En horarios habituales los incrementos ya son palpables. De noche, los precios se disparan. La ciudad se vuelve más pequeña para quien no puede pagar.

Pero detrás del alza hay una pregunta incómoda. No es solo cuánto cuesta el combustible. Es por qué Cuba llegó a depender de equilibrios externos tan frágiles. Décadas de decisiones económicas erráticas pesan hoy como ancla.

Muchos ciudadanos, incluso alejados del debate político, empiezan a verbalizar un cansancio acumulado. Ajustar rutinas, reducir desplazamientos, reorganizar la vida diaria. La crisis energética dejó de ser coyuntura para convertirse en norma.

En paralelo, análisis internacionales sugieren movimientos geopolíticos que añaden tensión al escenario. Las estrategias de Washington hacia La Habana, marcadas por sanciones y restricciones energéticas, reconfiguran el tablero en un momento crítico para la Isla.

Sin embargo, dentro de Cuba crece una percepción distinta. Cada vez más voces sostienen que el deterioro actual no puede explicarse únicamente por factores externos. La debacle económica, argumentan, arrastra décadas de mala gestión y decisiones fallidas.

Historias cotidianas lo ilustran con crudeza. Un viaje nocturno de emergencia puede devorar en minutos lo que un jubilado percibe en semanas. La movilidad se transforma en lujo. La urgencia, en castigo financiero.

Pablo Pascual Carrillo, profesor retirado, lo vivió de primera mano. Una necesidad familiar a medianoche derivó en un gasto desproporcionado. No hubo alternativas. En la Cuba actual, resolver rápido cuesta caro.

El trasfondo histórico no es menor. Durante años, el suministro petrolero subsidiado sostuvo artificialmente un modelo económico incapaz de generar equilibrio propio. Cuando esas muletas desaparecieron, la fragilidad quedó expuesta.

Hoy, la pregunta que resuena en barrios, paradas y colas no es retórica. ¿Cómo se sostiene una ciudad cuando moverse se vuelve prohibitivo? ¿Cómo se estabiliza una economía donde la energía escasea y los precios no dejan de trepar?

Lorna Zabal, trabajadora de Salud Pública, lo aterriza en su día a día. Cada aumento en el transporte erosiona una economía familiar ya al límite. Y aun así, evita culpar al eslabón más visible. El problema, insiste, es mucho más grande que los boteros.

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