Madres cubanas aprovechan la poca corriente que llega a sus hogares en la madrugada para cocinar y lavar

Redacción

A las 3:40 de la madrugada, Mary Leyva no estaba soñando. Estaba en la cocina, peleando con una olla de frijoles. No era desvelo voluntario ni manía nocturna. Era pura supervivencia doméstica. En Cuba, cuando llega la corriente, nadie pregunta la hora.

Su publicación en Facebook corrió como pólvora digital. Una escena sencilla, casi íntima, terminó convirtiéndose en espejo de miles de hogares. “Aquí estoy, levantada a esta hora, tratando de ablandar frijoles porque ya no me queda carbón”. La frase, tan cotidiana como brutal, resumía mucho más que una anécdota personal.

La electricidad en la Isla ya no organiza la vida. La interrumpe, la condiciona, la desarma. Se cocina cuando aparece la luz, no cuando dicta el reloj. Y muchas veces, ese milagro ocurre en plena madrugada.

Mary lo dijo sin adornos. Sabía que no era la única. Mientras ella encendía la hornilla, otras mujeres hacían malabares parecidos. Lavar, adelantar comida, cargar teléfonos, llenar tanques de agua. La noche cubana dejó de ser descanso. Ahora es turno laboral improvisado.

Su comentario posterior fue todavía más demoledor. “Ya ni dormir se puede”. Sin consignas, sin dramatización, solo la constatación cruda de una rutina que se repite barrio tras barrio.

La reacción fue inmediata. Miles de reacciones y una avalancha de comentarios donde la identificación era casi automática. Mujeres describiendo escenas idénticas, horarios imposibles, cansancio acumulado. La madrugada convertida en horario pico doméstico.

Algunas historias retratan mejor que cualquier estadística la dimensión del problema. Cocinar a las dos de la mañana. Perder la luz una hora después. Terminar encendiendo carbón con los ojos pegados de sueño. Y luego salir a trabajar como si nada.

El denominador común es el agotamiento. Noches fragmentadas, descanso interrumpido, cuerpos funcionando en piloto automático. En Cuba, la crisis energética no es un titular. Es una experiencia física diaria.

También aflora la frustración. La pregunta que retumba en muchos hogares ya no es cuándo regresará la luz, sino cuánto durará esta dinámica absurda. Vivir pendiente del interruptor se ha vuelto norma silenciosa.

Algunos comentarios, cargados de ironía, apelan al humor como mecanismo de defensa. Otros optan por la resignación. Pero detrás del tono, el mensaje es el mismo: la rutina se ha vuelto insostenible.

Y en medio del cansancio, emerge otra constante muy cubana. La exaltación de la resistencia femenina. Elogios, metáforas heroicas, llamados simbólicos a monumentos imaginarios. Porque si algo no falta en la narrativa nacional es la épica del aguante.

Sin embargo, la realidad es menos romántica. No se trata de heroísmo, sino de desgaste crónico. De mujeres obligadas a reorganizar su descanso, su salud y su vida familiar alrededor de un servicio eléctrico errático.

El trasfondo es ineludible. Apagones prolongados, escasez de gas, precios del carbón disparados. Un cóctel que convierte tareas básicas en ejercicios de logística extrema.

Para muchas familias, la madrugada se ha transformado en la única ventana viable. Cocinar, almacenar agua, adelantar labores. La noche ya no pertenece al descanso, sino a la oportunidad energética.

Lo que comenzó como un desahogo personal terminó retratando un fenómeno colectivo. Miles de mujeres cambiando sueño por fogones, descanso por rutinas forzadas. La electricidad como amo del tiempo doméstico.

En la Cuba actual, la escena de Mary Leyva no sorprende. Indigna, cansa, pero no sorprende. Porque en demasiadas casas, cuando el reloj marca las tres de la mañana, la pregunta ya no es quién duerme.

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