Anciana cubana denuncia la realidad que viven miles como ella en la isla: «57 años trabajé yo en este país… ¿y qué tengo?»

Redacción

El testimonio de una abuela cubana de 83 años ha sacudido las redes sociales y removido emociones dentro y fuera de la isla. No hubo consignas ni discursos grandilocuentes. Solo una frase cruda, lanzada con calma y resignación: “57 años trabajé yo en este país… ¿y qué tengo?”.

El video, compartido en Facebook durante una conversación con el sacerdote cubano Leandro Naun Hung, se convirtió rápidamente en un espejo incómodo de la realidad que enfrentan miles de ancianos en Cuba. Una realidad que rara vez aparece en la narrativa triunfalista del régimen.

La mujer, antigua maestra, no habla desde la confrontación política. Su dolor es más básico, más terrenal. Habla desde la carencia, desde la mesa vacía, desde el cansancio acumulado tras una vida entera de esfuerzo. Habla desde el hambre, que en la Cuba actual ya no distingue generaciones.

En el intercambio, su incredulidad resulta demoledora. Se pregunta cómo es posible que alguien con más de ocho décadas de vida y casi seis de trabajo tenga que pasar penurias para conseguir lo más elemental. No hay dramatismo forzado. Hay algo peor: naturalidad.

Confiesa que lleva semanas sin pisar una tienda para comprar arroz. No porque no quiera, sino porque simplemente no puede. Sobrevive gracias a la ayuda que le llega, a la espera constante de “algo”, una palabra que en la isla suele significar cualquier gesto de solidaridad que permita estirar un poco más la existencia.

Mientras el sacerdote le entrega leche, cereal y otros productos básicos, la escena se mueve entre la ternura y la crudeza. El gesto solidario, lejos de suavizar el cuadro, resalta la dimensión del problema: una vida de trabajo no garantiza hoy ni lo mínimo.

Entre bromas ligeras y sonrisas tímidas, emerge una súplica que golpea fuerte. Cada noche, dice, le pide a Dios que le conceda tiempo. No por capricho ni por ambición personal, sino para poder ver qué destino le espera a Cuba. Fe y desesperanza conviviendo en la misma frase.

El episodio no es aislado. La crisis económica en Cuba ha golpeado con particular dureza a los jubilados. Las pensiones, pulverizadas por la inflación y el desabastecimiento, se evaporan antes de cubrir necesidades básicas. La vejez, lejos de ser descanso, se ha vuelto resistencia diaria.

Para muchos adultos mayores, depender de remesas, familiares o ayudas informales ya no es excepción, sino norma. La narrativa oficial habla de conquistas sociales, pero en la práctica abundan historias donde décadas de trabajo desembocan en precariedad.

Lo que ha hecho viral este testimonio no es solo la edad de la protagonista. Es la honestidad brutal de su pregunta. “Trabajé toda mi vida… ¿y qué tengo?” no es una consigna política, pero funciona como una acusación demoledora contra un modelo que prometió seguridad y hoy entrega incertidumbre.

En un país donde la escasez se ha normalizado y la resignación se ha vuelto rutina, la voz de esta abuela rompe la inercia del silencio. Pone rostro humano a estadísticas frías y recuerda una verdad incómoda: el colapso no es abstracto, se vive dentro de los hogares.

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