Entre humo y leña… así se cocina el pan que el régimen malamente entrega por la libreta en varias provincias ante los apagones constantes

Redacción

En Cuba, la escasez de combustible sigue dibujando escenas que parecen sacadas de un documental de tiempos remotos. Esta vez, el foco está en Imías, Guantánamo, donde la harina del pan normado no viaja en camiones ni rastras, sino en mulos.

La propia prensa oficial, a través de Venceremos y Solvisión, mostró la postal. Sacos de harina cargados en animales de carga, avanzando por caminos rurales. No es folclor ni tradición campesina. Es pura necesidad en medio del colapso energético.

Las autoridades hablan de “redoblar esfuerzos” para sostener la producción del pan de la canasta básica. Traducido al cubano de a pie: no hay diésel, hay que inventar. Y cuando el combustible desaparece, cualquier alternativa, por precaria que sea, se convierte en estrategia oficial.

El traslado en mulos y la cocción con leña ya no son anécdotas aisladas. Se han vuelto parte del paisaje. Los hornos, que deberían funcionar con combustibles modernos, ahora dependen del humo y la madera, como si el calendario hubiese retrocedido décadas.

Desde los medios estatales, el relato intenta vender la idea de creatividad y compromiso. Pero las imágenes cuentan otra historia. No es innovación, es supervivencia forzada. No es eficiencia, es adaptación a la escasez crónica.

Trabajadores, transportistas y directivos municipales hacen malabares para evitar que falte el pan diario. Y ahí está la paradoja más dura: garantizar un alimento básico exige hoy una logística digna del siglo pasado.

Todo esto ocurre en un país donde los apagones, la inflación y la falta de insumos marcan la rutina. La crisis del combustible no solo paraliza guaguas y camiones. También reconfigura procesos tan elementales como hornear pan.

Mientras tanto, el discurso oficial insiste en colocar la responsabilidad fuera de fronteras. Las sanciones, el bloqueo, la presión externa. Factores reales, sí, pero que ya no logran tapar una pregunta cada vez más repetida en la calle: ¿y las responsabilidades internas?

La falta de reformas profundas y de cambios estructurales mantiene al país atrapado en un ciclo que se repite. Escasez, medidas de emergencia, soluciones improvisadas. Y la vida cotidiana convertida en ejercicio permanente de resistencia.

Imías no es una excepción pintoresca. Es un síntoma. Un reflejo de hasta qué punto la crisis ha penetrado la base misma de los servicios esenciales. Cuando la harina viaja en mulos, el problema deja de ser técnico y se vuelve estructural.

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