Desde Cárdenas llega una historia que duele, y mucho. No es un accidente doméstico ni un suceso aislado. Es uno de esos episodios que dejan a cualquiera con un nudo en la garganta y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿hasta dónde ha llegado la descomposición social en Cuba?
La víctima fue Agustín, un hombre conocido por muchos en la ciudad. Vivía en la calle, cargaba con trastornos psiquiátricos y formaba parte de ese paisaje humano que el discurso oficial prefiere no mirar demasiado. Para algunos vecinos era simplemente “Bin Laden”, apodo cruel que, como suele pasar, escondía una realidad marcada por la fragilidad y el abandono.
La tragedia ocurrió en la madrugada, en el reparto Fructuoso Rodríguez. Agustín dormía en los bancos de unos quioscos, como hacía tantas noches. Según relatan testigos, alguien decidió convertir ese instante de vulnerabilidad absoluta en un acto de violencia difícil de asimilar.
Versiones difundidas por residentes apuntan a que el hombre tenía petróleo sobre su cuerpo. Algunos comentan que lo utilizaba como repelente improvisado contra los mosquitos, una práctica desesperada que habla más de la precariedad cotidiana que de cualquier lógica sensata. En ese contexto, un joven —identificado como Reyni Luis— habría prendido fuego, presuntamente como parte de lo que consideró un “juego”.
El resultado fue devastador. Las llamas no entienden de bromas ni de imprudencias juveniles. El fuego selló un destino trágico en cuestión de segundos. Vecinos reaccionaron entre el desconcierto y el horror, mientras intentaban auxiliar a la víctima.
Un joven logró socorrerlo y llevarlo inicialmente a un hospital en Cárdenas. Pero la gravedad de las quemaduras obligó a su traslado al Hospital Universitario Faustino Pérez, en la ciudad de Matanzas. Allí, pese a los esfuerzos médicos, Agustín no logró sobrevivir.
La noticia corrió rápido. En redes sociales y entre los habitantes del municipio, el impacto fue inmediato. Muchos lo describían como un hombre indefenso, alguien que no representaba peligro para nadie. Su muerte desató una mezcla de dolor, rabia e impotencia.
Las autoridades informaron la detención del presunto responsable, un joven de apenas 18 años. Sin embargo, más allá de la investigación policial, el caso ha reavivado un debate mucho más profundo y perturbador sobre la realidad que atraviesa el país.










